Ayer 12 de agosto, en Asturias íbamos
a poder vivir, a ver, como hace muchos años no se veía, un eclipse total de
sol. ¡Qué emoción tan grande! ¡Qué ilusión, y qué privilegio! El último se
había visto en 1912 y este se vería en Asturias al 100%, es lo que tiene vivir
en el paraíso, decían algunos.
Empezó la maquinaria a trabajar,
los de las gafas a vender y regalar, los hoteles a ofertar habitaciones, los airbnb
a hacer su “agosto” literal. Hace más de un mes estaba todo lleno, no había
alojamiento y algunos llegaron a pagar hasta 1000 euros la noche. Venia gente
de todas partes, dentro y fuera de España, solo para ver el eclipse, felices,
ilusionados. Yo, viendo las noticias hace seis meses y este despliegue y esta
parafernalia montada alrededor de este fenómeno, solo decía “ya verás tú que
risas cuando Asturias decida estar nublado…”
Desde hace meses los medios, a
través de la televisión y las redes sociales informaban, una y otra vez, cómo ver
el eclipse. Dónde ver el eclipse. No verlo, de ninguna manera, sin las gafas.
En qué momento, durante el eclipse, podíamos quitarnos las gafas para verlo.
Cómo tirar fotos desde el móvil, recomendación a parte de protegerlo con unas
gafitas. Qué hacer y qué no hacer. Cómo hacerlo. Reuniones en hospitales, clínicas y centros de salud, porque siempre hay uno o más de uno que no hará caso, se quitará las gafas y lo verá "frente a frente" que "pa´eso soy asturianu". Cábalas, presagios, incluyendo
una recomendación de Miguel Bosé de no verlo, porque ya los antiguos decían que
no era de buena suerte.
Hace 15 días, las gafas para ver
el eclipse estaban agotadísimas y, hace una semana, salió la noticia de que
algunas de estas gafas, unas compradas y otras regaladas, no cumplían la normativa,
porque no era el ISO tal o cual. Consecuencia se retiraron un buen número de
ellas y, claro, ahora había que buscar otra que sí cumplieran con esas normativas. Total,
que el día anterior al eclipse estaban los asturianos en busca de las gafas
perdidas, pero, como dije más arriba, estaban agotadísimas. No había ni en el bazar
chino, y eso ya es decir. En mi casa, sin preocupación alguna, porque teníamos los
cuatro, que no las habían regalado y comprobación una y comprobación dos, las
nuestras sí que eran de las buenas.
Venía el otro tema ¿Dónde
verlo? Porque, por supuesto, no se iba a ver en cualquier sitio, ni desde cualquier parte de esta nuestra tierrina. Empezó otro despliegue de información “Los mejores lugares dónde ir a
ver el eclipse en Asturias”. El balcón de mi casa no salía en ninguno de
ellos, ni en ningún mapa publicado para la ocasión. El día antes, 11 de agosto,
día de mi cumpleaños, mi vecino de almohada y marido, a las 18:30 parado en el
balcón, observando, midiendo, analizando, comprobando, que, efectivamente no, los
medios tenían razón y por algo nuestro balcón no salía en ninguna parte como “lugar
de privilegio para ver el eclipse”. Empieza, entonces, Google Maps en mano, la búsqueda de
dónde ir a verlo. Mientras más alto mejor, claro. Total, que, a las seis y
media de la tarde, con el sol afuera y gafas en mano, nos subimos al coche y
arrancamos hacia dónde nos decía el gulu-gulu que fuéramos. Nos perdimos. Nos
encontramos. Aparcamos el coche. El sol afuera, entre nubes, pero se veía. “Desde
aquí lo vemos perfecto”, dice mi vecino de almohada. “Pues aquí nos quedamos”,
convenimos todos.
Lo que vino después fue la
crónica de una muerte anunciada. Literal. El “ya verás tú qué risas cuando Asturias
decida estar nublado” se hizo realidad. Las nubes taparon el sol, la niebla
empezó a caer; una bruma, un no ver nada, un darte cuenta de que ni una mie…da íbamos
a ver el eclipse. Las gafas no salieron ni del plástico en el que venían. Nos
dimos un paseín, pérdida incluida. Sí. Conocimos gente que, como
nosotros, también subieron a ver el eclipse. Sí. Que nos echamos unas risas y nos
dijimos unos a otros: “esto ye Asturies”, como queriendo consolarnos. Sí. Que volvimos como decía el Chavo del Ocho “como
el perro arrepentido, con su mirada tan tierna, con el hocico partido, con el
rabo entre las piernas”. Absolutamente sí. Abandonamos el lugar y regresamos
por el mismo lugar que habíamos subido, con menos ilusión y con la sensación de
que Asturias nos la había vuelto al liar.
Debo decir dos cosas. Primera, sí
que hubo zonas de Asturias donde sí pudieron disfrutar de este fenómeno único,
impresionante y tan lleno de magia como de misterios y cábalas a partes iguales,
pero saber a ciencia cierta en este paraíso natural dónde íbamos a poder verlo
era una completa rueda de la suerte. Segunda, es cierto que el eclipse no pudimos
verlo, ni disfrutarlo, ni vivirlo, pero todo lo que lo envuelve antes, durante
y después, sí que pudimos apreciarlo: la bajada de temperatura, los pájaros
cómo se revolvieron en un momento determinado, cómo los animales sentían que “algo”
estaba pasando y, sobre todo, la manera en cómo oscureció y volvió a la
claridad en cuestión de un minuto fue, para mí, impresionante y como decía mi
abuela, mujer vieja y sabia, el que no se consuela es porque no quiere. Así que
me quedo con eso: con la sensación de haber vivido algo mágico.
Ahora nos queda programar ir a ver el del 2 de agosto de 2027, que dicen, será más largo y, dicen, que se va a poder ver al 100 % en la parte sur de España: en Granada, Cádiz, Málaga… esperemos que ese día, en esa región, no esté nublado, ni lloviendo, ni nevando.


