martes, 25 de agosto de 2026

Toby...

Ayer en la mañana, desde una habitación en Alicante (sí, estoy en alicante, acoplada a mi marido que vino a trabajar), estuve rellenando un cuestionario para optar a la adopción de un perrito. Estaban las preguntas generales: nombre, edad, dirección, nacionalidad…; y estaban las preguntas más específicas ¿Cómo llegó tu última mascota a casa?

Qué cómo llegó Toby a casa, a nuestra vida…Toby llegó como un milagro de Navidad, como un soplo de viento fresco y llegó para revolverlo todo, poner nuestra vida, mi vida patas arriba. Como dice una canción de Yahir “…pero llegaste a mi vida, cambiaste todo lo que pensaba, …me diste todo sin pedir nada, …me devolviste la ilusión, me hiciste el más bello favor”. Y es que Toby cambió para siempre mi forma de ver a las mascotas como simples animales de compañía, porque fue mucho más que eso. Entró como un perro, sin más, al que me tuve que hacer, adaptar, aprender a amar y nos dejó formando, para siempre, parte de la familia.

Toby llegó una tarde de fin de año, en un momento económico especialmente difícil. Los niños, que en ese entonces tenían 15 y 13 años, no iban a recibir ningún regalo de reyes. Sería el primer año, en el que no iban a tener nada en sus zapatillas, que con ilusión colocarían el 5 de enero bajo el árbol. Para nosotros, papá y mamá, era frustrante, porque los habíamos arrastrado a una situación que ellos no habían pedido. Decisiones que tomamos sus padres, pensando en darles un mejor presente y un futuro, en ese momento nos estaban pasando factura. No era arrepentimiento, era impotencia…

…entonces sucedió. Una tarde de finales de diciembre, el bueno de papá, en busca del dinero perdido y necesitado, decidió ir a visitar a algunos clientes, con algunos productos en la mochila, a ver si podía venderlos. No había, en ese momento, para comer. Se llevó a Jose, no sé muy bien por qué, porque normalmente quedaban en casa conmigo, pero ese día marchó con su padre. En su ir y venir, llegaron a casa de una señora que, justo en ese momento, por motivos ajeno a su voluntad, estaba buscando a alguien a quien darle a este pequeño ser de cuatro patas.

Empezó la maquinaria a funcionar. Se lo ofrece a Jose, él dice que sí, sin pensarlo. Pero estoy yo, que no quiero un perro en casa y su padre lo sabe. Me llaman y me preguntan. Yo, en ese momento, no sé qué decir. Lo hablamos en casa, respondo. Me envían fotos. Toby era un Bichón Maltese, una bolita de pelo blanco, pequeño, que, tal vez, quizás, cualquiera, que no fuera yo, hubiera dicho que sí sin pensarlo. Yo tenía que pensarlo y analizarlo. Mi casa dejaría de ser el templo de limpieza al que lo tenía sometido, porque un perro trae pelos, pis mientras se adapta y le tenía, sobre todo, terror, a que mi casa oliera a perro.

Lo hablamos, Flobre y yo. A solas. Mientras dormían. Puse todas mis dudas sobre la mesa. Pensé en negarme, además de los pelos y los olores, suponía una responsabilidad adicional. Una boca más a quien alimentar. Vacunas y si se enferma, ¿Qué hacemos? Que no tenemos dinero, pensaba, decía, razonaba. Él estaba de acuerdo en eso, pero, aun así, en su interior quería tenerlo, traerlo a casa y me daba razones y motivos para quedarnoslo. Pensé en negarme, pero estaba el tema del regalo. En casa, todos, menos yo, querían un perro, y ahí estaba, el regalo de reyes perfecto, en forma de perrito; el milagro de Navidad que tanto nos venden en las películas. Acepté, pero puse condiciones: yo no me ocuparía de nada que tuviera que ver con el perro, ni alimentación, ni baño, ni sacarlo a pasear. Que me daba la neura y quería bañarlo, lo bañaba; que amanecía con deseo de sacarlo a dar una vuelta, lo sacaba. Pero en ningún modo y bajo circunstancia alguna, formaría parte de mi responsabilidad. Suficiente iba a tener ya, con los desastres que sabía que iban a llegar.

Lo fuimos a buscar una tarde del 30 de diciembre, aún recuerdo su cara de no entiendo nada; qué está pasando, dónde me llevan. Toby salió del mundo que conocía, lo subieron a un coche y llegó a una casa que nunca había visto, con una familia que no conocía. No lo entendí. Me habló esa primera noche y no lo entendí. Flobre sí lo hizo y, desde ese momento, se convertiría en su persona favorita del mundo mundial. Se lo habían regalado a los niños, pero el escogió a Flobre.

Toby era pequeño, peludo, inteligente y manipulador (muy manipulador), te ponía caritas y eras capaz de darle el mundo; le quedaban los dientes y los colmillitos fuera cuando cerraba la boca y eso lo hacía encantador y te ponía ojitos y eso lo volvía irresistible. Te pedía bizcocho, café, yogur, le encantaban las patatas fritas y todo lo que crujiera en la boca y tenía debilidad por las rositas de maíz. Aunque algunas de estas cosas las comía muy de vez en cuando, casi nunca, porque le podían hacer daño. No era un perro juguetón, había crecido entre personas mayores y jugar, poquito. Tenía cuatro años cuando llego a casa y le encantaba correr en la hierba y en la nieve y jugar con su humano favorito. A María Eugenia le salía huyendo, porque le daba tanto amor, que el pobre perro se agobiaba y, casi, que prefería tenerla lejos.

Nuestra relación fue diferente, difícil; nos costó aceptarnos, comprendernos y amarnos. Me la lío más de una vez en la casa, se meaba en los muebles, en los manteles, en los rincones. Un domingo, mientras estábamos en misa, había sacado todos los papeles del cesto del baño y los había repartido por toda la casa. En ese momento, tampoco supe entenderlo. Entender que su mundo se había dado la vuelta, sin él pedirlo y sin él verlo venir; que, hasta su entonces humana favorita, lo había regalado y el no lograba entenderlo. Nunca quiso saber de ese coche rojo donde lo subieron y lo alejaron, para siempre, de su mundo y le producía ansiedad extrema quedar solo en casa. Tuvo que adaptarse a su nueva realidad, a su nuevo mundo y a esa humana que tanto le reñía y yo tuve que aprender a aceptarlo, a entenderlo, a amarlo. Poco a poco fue ganando terreno en la casa y en mí, hasta ocuparlo todo. De repente ya no me importaban los pelos en los muebles, ni si la casa olía a perro, aunque me esforzaba, el doble, para que esto no fuera así.

Toby, en principio, dormía en la cocina, Toby terminó durmiendo con nosotros. A las diez-once de la noche, empezaba a sacar a Maru de la cama, porque ya era hora de él dormir y mi brazo izquierdo era su almohada. Si me daba la vuelta, se cabreaba y me hacía girarme. Todo con tal que él estuviera cómodo. Si yo estaba tejiendo, él se enredaba con los hilos, solo por estar encima de mí. Exigía atención, como los críos pequeños. Nos regaló momentos y anécdotas inolvidables. Si papá tardaba más de lo normal en llegar, iba hasta dónde mí a preguntarme y se sentaba en el umbral mirando fijo a la puerta de entrada, hasta ver que llegaba, entonces, en su cabecita, sonaban violines y empezaba la fiesta. No le gustaba que lo bañaran, y, cuando se olía que le iban a bañar, salía corriendo en dirección contraria al baño; de hecho, era un lugar donde no entraba, ni por error. Seguía a Flobre por toda la casa (menos al baño), y solo se escuchaban las uñitas, trac, trac, trac, al contacto con el suelo. Si abrías un gabinete, ya lo tenías en tus pies y si sentía las llaves, o alguien gritaba “I will be back” se ponía en atención, no porque supiera inglés, porque sabía que alguien, normalmente papá, o todos iban a salir.

Nos regaló 10 años maravillosos. Les celebramos todos sus cumpleaños, desde el primero, hasta el último de los que pasó con nosotros. Los niños lo disfrazaban (y yo también), le hacíamos trenzas y él era tan bueno que se dejaba hacer, sin protestar. Era mimoso, cariñoso, curioso. El amor en mayúsculas. Apenas se enfermaba y, cuando se enfermó de verdad, fue para dejarnos.

Toby fue un soplo de aire, fue un antes y un después en la casa, en la familia y, sobre todo en mí. Anatole France dijo “Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida” y yo doy fe y testimonio de esto. Toby despertó a esa parte de Mari que estaba dormida. Mi querida Gya veía mi relación con él y reía, porque sabía todo lo que yo había dicho de tener un perro en casa, lo que opinaba y cómo pensaba respecto a eso.

Fui muy dura con él, al llegar a casa. Me costó mucho hacerme con él, aprender, aceptar. Era quien lo corregía, quien lo castigaba. El poli malo, tal cual como con mis hijos. Mis hijos, sobre todo María Eugenia, no llevaba bien que yo no lo quisiera y que, a veces, hasta llegara a maltratarlo. Pero él era tan bueno, era tan noble, que aún con lo “mala” que fui a veces, me amó sin condiciones y me enseñó a amarlo.

Toby nos dio tanto, me dio tanto. Me enseñó que los ángeles no vienen con alas, vienen con colitas y naricitas frías. Que no vuelan, saltan y corren por el prao’. Que lo milagros sí existen, porque llegó como un milagro de Navidad y, como un milagro me hizo hacer las paces con él y el resto del mundo animal. Me demostró, a base de amor y lealtad, que los animales aman más y mejor, y que son mucho más leales que mucha gente conozco. Hizo que replanteara todas mis fijas y mis variables.

Toby se marchó una tarde de mediados de julio, asistido, porque ya era mucho pedirle. Recuerdo la última vez que me miró, era una suplica donde pedía, me pedía que lo dejáramos ir, que ya no podía más. Fue la única vez que, en un momento crucial, lo supe entender, lo pude leer. Le hablé, le dije que ya todo su sufrimiento iba a terminar y le pedí que marchara tranquilo, que yo iba a cuidar de papá por él, que no prometía ponerme tan feliz siempre que lo viera llegar, porque su felicidad al oírlo abrir esa puerta era tan genuina, tan real, tan sincera, que yo jamás podría ni siquiera llegar a imitarla.  Murió en los brazos de su persona favorita del mundo mundial, fueron sus ojos los que vio por última vez y fue en sus brazos donde se quedó dormido para siempre.

Durante un buen tiempo nuestra vida giró alrededor de Toby, incluso después de que marchó. Íbamos de paseo y regresábamos antes “…porque Toby nos está esperando”; llegábamos y metíamos la lleve sin hacer ruido y abríamos despacito “…porque que Toby se revoluciona y despierta al vecindario con sus ladridos”. Así continuamos un buen tiempo después. Teníamos que hacer un esfuerzo extra, para recordar que ya no estaba, que esos ladridos de felicidad (ya a veces de riña) ya no sonarían y que esas patitas ya no se sentirían.

Cuatro años y lo recordamos día sí y día también. Cuatro años y es un tema de conversación normal, recordando sus ocurrencias, contando sus miles de anécdotas. Cuatro años y todos los días facebook me regala una foto de él. Cuatro años y sigue tan presente como el día que llegó.

Mi querido Toby, estamos buscando a un peludo, no para ocupar tu lugar, porque siempre serás el que nos enseñó hasta dónde se puede amar a un animalito y quien nos enseñó hasta dónde son leales y aman los animalitos. Te fuiste y dejaste mucho espacio. Te fuiste y dejaste mucho vacío. Un espacio y un vacío que no nos atrevíamos a llenar con ningún otro. Hoy estamos preparados, todos, papá, mamá Maru y Jose, y te pedimos, allí donde estés, que nos envíes a un peludo de naricita fría que nos quiera tanto como tú y al que queramos tanto como a ti.

Para nuestro querido, amado y siempre presente Toby, el mejor perro del mundo mundial.

P.D.: Ay, Toby, estoy llorando como aquel día en el que te despedí. Como aquella tarde en la que volví a casa y ya no estabas. Sigues haciendo mucha falta, pequeño.

jueves, 13 de agosto de 2026

Total Eclipse of the... Sun?



Eclipse Total Vs. Asturias Paraíso Natural

Ayer 12 de agosto, en Asturias íbamos a poder vivir, a ver, como hace muchos años no se veía, un eclipse total de sol. ¡Qué emoción tan grande! ¡Qué ilusión, y qué privilegio! El último se había visto en 1912 y este se vería en Asturias al 100%, es lo que tiene vivir en el paraíso, decían algunos.

Empezó la maquinaria a trabajar, los de las gafas a vender y regalar, los hoteles a ofertar habitaciones, los airbnb a hacer su “agosto” literal. Hace más de un mes estaba todo lleno, no había alojamiento y algunos llegaron a pagar hasta 1000 euros la noche. Venia gente de todas partes, dentro y fuera de España, solo para ver el eclipse, felices, ilusionados. Yo, viendo las noticias hace seis meses y este despliegue y esta parafernalia montada alrededor de este fenómeno, solo decía “ya verás tú que risas cuando Asturias decida estar nublado…”

Desde hace meses los medios, a través de la televisión y las redes sociales informaban, una y otra vez, cómo ver el eclipse. Dónde ver el eclipse. No verlo, de ninguna manera, sin las gafas. En qué momento, durante el eclipse, podíamos quitarnos las gafas para verlo. Cómo tirar fotos desde el móvil, recomendación aparte de protegerlo con unas gafitas. Qué hacer y qué no hacer. Cómo hacerlo. Reuniones en hospitales, clínicas y centros de salud, porque siempre hay uno o más de uno que no hará caso, se quitará las gafas y lo verá "frente a frente" que "pa´eso soy asturianu". Cábalas, presagios, incluyendo una recomendación de Miguel Bosé de no verlo, porque ya los antiguos decían que no era de buena suerte.

Hace 15 días, las gafas para ver el eclipse estaban agotadísimas y, hace una semana, salió la noticia de que algunas de estas gafas, unas compradas y otras regaladas, no cumplían la normativa, porque no era el ISO tal o cual. Consecuencia se retiraron un buen número de ellas y, claro, ahora había que buscar otra que sí cumplieran con esas normativas. Total, que el día anterior al eclipse estaban los asturianos en busca de las gafas perdidas, pero, como dije más arriba, estaban agotadísimas. No había ni en el bazar chino, y eso ya es decir. En mi casa, sin preocupación alguna, porque teníamos los cuatro, que no las habían regalado y comprobación una y comprobación dos, las nuestras sí que eran de las buenas.

Venía el otro tema ¿Dónde verlo? Porque, por supuesto, no se iba a ver en cualquier sitio, ni desde cualquier parte de esta nuestra tierrina. Empezó otro despliegue de información “Los mejores lugares dónde ir a ver el eclipse en Asturias”. El balcón de mi casa no salía en ninguno de ellos, ni en ningún mapa publicado para la ocasión. El día antes, 11 de agosto, día de mi cumpleaños, mi vecino de almohada y marido, a las 18:30 parado en el balcón, observando, midiendo, analizando, comprobando, que, efectivamente no, los medios tenían razón y por algo nuestro balcón no salía en ninguna parte como “lugar de privilegio para ver el eclipse”. Empieza, entonces, Google Maps en mano, la búsqueda de dónde ir a verlo. Mientras más alto mejor, claro. Total, que, a las seis y media de la tarde, con el sol afuera y gafas en mano, nos subimos al coche y arrancamos hacia dónde nos decía el gulu-gulu que fuéramos. Nos perdimos. Nos encontramos. Aparcamos el coche. El sol afuera, entre nubes, pero se veía. “Desde aquí lo vemos perfecto”, dice mi vecino de almohada. “Pues aquí nos quedamos”, convenimos todos.

Lo que vino después fue la crónica de una muerte anunciada. Literal. El “ya verás tú qué risas cuando Asturias decida estar nublado” se hizo realidad. Y nos reímos por no llorar. Las nubes taparon el sol, la niebla empezó a caer; una bruma, un no ver nada, un darte cuenta de que ni una mie…da íbamos a ver el eclipse. Las gafas no salieron ni del plástico en el que venían. Nos dimos un paseín, pérdida incluida. Sí. Conocimos gente que, como nosotros, también subieron a ver el eclipse. Sí. Que nos echamos unas risas y nos dijimos unos a otros: “esto ye Asturies”, como queriendo consolarnos. Sí.  Que volvimos como decía el Chavo del Ocho “como el perro arrepentido, con su mirada tan tierna, con el hocico partido, con el rabo entre las piernas”. Absolutamente sí. Abandonamos el lugar y regresamos por el mismo lugar que habíamos subido, con menos ilusión y con la sensación de que Asturias nos la había vuelto al liar.

Debo decir dos cosas. Primera, sí que hubo zonas de Asturias donde sí pudieron disfrutar de este fenómeno único, impresionante y tan lleno de magia como de misterios y cábalas a partes iguales, pero saber a ciencia cierta en este paraíso natural dónde íbamos a poder verlo era una completa rueda de la suerte. Segunda, es cierto que el eclipse no pudimos verlo, ni disfrutarlo, ni vivirlo, pero todo lo que lo envuelve antes, durante y después, sí que pudimos apreciarlo: la bajada de temperatura, los pájaros cómo se revolvieron en un momento determinado, cómo los animales sentían que “algo” estaba pasando y, sobre todo, la manera en cómo oscureció y volvió a la claridad en cuestión de un minuto fue, para mí, impresionante y como decía mi abuela, mujer vieja y sabia, el que no se consuela es porque no quiere. Así que me quedo con eso: con la sensación de haber vivido algo mágico.

Ahora nos queda programar ir a ver el del 2 de agosto de 2027, que dicen, será más largo y, dicen, que se va a poder ver al 100 % en la parte sur de España: en Granada, Cádiz, Málaga… esperemos que ese día, en esa región, no esté nublado, ni lloviendo, ni nevando.

martes, 11 de agosto de 2026

A la niña de la foto...


Hace tiempo que tengo la idea de retomar la vieja costumbre de comentar lo cotidiano en esta página. La fecha no es coincidencia, y no sé hasta cuándo llegará este arranque de hacerle caso a mi entorno y a mimisma de darle a las teclas.

Hoy es un buen día para empezar, porque esa niña de la foto hoy está cumpliendo años, cumpliendo vida y, a esa niña de la foto, quiero decirle, quiero contarle que no tenga miedo, que al final las cosas van bien. Que tendrá muchos obstáculos en el camino, muchas piedras y muchos fracasos, pero que ella es tan terca, tan cabeza dura que los irá superando uno a uno.

Que la vida se va a empeñar en complicarse, pero tú eres más fuerte y tes empeñarás en salir adelante.

Que el viento, normalmente no te soplará a favor, pero que tienes las alas bien grandes y cosidas para poder enfrentarte a las tormentas y huracanes.

Que te tocará vivir muchas situaciones, que en su momento te parecerán fuertes, pesadas y te harán pensar si tanto esfuerzo y lucha valen la pena. Sí, todo valdrá la pena. Porque cada una de ellas te harán más fuerte y porque cada lagrima derramada te traerá muchas más risas.

A la niña de la foto, quiero decirte, pedirte, que creas más en ti y déjate llevar más a la aventura. Deja que la vida, de vez en cuando, te sorprenda. Calcula menos, planifica menos, vive más. Porque al final es lo que te llevas y, como dicen por aquí, cuando llegue ese final, nadie te va a quitar lo bailao’.

Quítate los zapatos y camina descalza, siente la hierba, la tierra, la arena y la arenilla en los pies. Que no pasa nada, al contrario, fortalece las piernas. Baila, salta, canta y corre, sin miedo a hacer el ridículo y a que te digan loca, porque la cordura está sobrevalorada.

Aprende a vencer la timidez y deja de escuchar, de vez en cuando, esa vocecita que te exige perfección y que te dice que nada de lo que hace es válido. No te exijas tanto, porque la perfección también está sobrevalorada y, a veces, es precisamente en la imperfección en donde está la belleza.

Se vale equivocarse, se vale ser débil, se vale llorar.  No pasa nada, porque todo eso es inherente al ser humano.

Que ser orgullosa, tener ego y tener carácter no está mal, como te harán creer toda la vida. Porque es, precisamente ese orgullo, ese ego y ese carácter el que te mantendrá a flote. Déjate querer y déjate cuidar, que eso no es fragilidad.

Aprenderás muy rápido a perder a seres queridos y no siempre tus seres queridos morirán de viejos.

Te mudarás un titipuchal de veces y en una de esas mudanzas cruzarás el Atlántico y dejarás atrás todo lo que conocías hasta el momento, para construir, desde cero, tu vida. Creerás que te derrumbas y que no puedes más. Eso también lo superarás.

Ponte bien el cinturón de seguridad y ajústalo, que en esa nave con la que transitas, vivirás crisis económicas varias, huracanes dos o tres, un aviso de tsunami (falso) y una pandemia (real. Muy real).

Te enfermarás de cosas, que, según tus amigos, los médicos “no se curan, tienes que aprender a vivir con ello…”. Ninguna grave, hasta donde sé.

Sufrirás de mareos toda tu vida, es lo primero con lo que tendrás que aprender a lidiar. Con 10 años te dará tu primera crisis asmática; con 20 tu primera migraña; con 22 te diagnosticaran miopía; con 42 te enteras de que tienes una desviación en la columna de nacimiento, y es entonces cuando entiendes, porque tu hoy esposo, decía que caminabas con “un swing”; que con 50 te dio tu primera crisis de rosácea; y que con 57 no quieres ir al médico, para no salir con otro “tienes que aprender a vivir con ello”

Que te graduarás a pc del colegio con 18 años, con unas notas cuestionables, pero en la universidad te irá bastante mejor. Que con 45 años te aficionarás al ganchillo y con 48 años darás tus primeros pasos en la pastelería. Que aprendes a montar patines y a andar en bicicleta con 12 años y que te sacas el carné de conducir con 27 años en República Dominicana y en España con 37. Que tu primer coche te lo comprarás con 27 años y tu primer móvil te lo asignarán tu padre y tu marido con 28 años.

Que le tienes terror subir a una escalera plegable, porque sabes subir, pero ni de coña sabes bajar. Que detestas ir al baño en la madrugada, porque te da miedo. Tampoco puedes dormir con el pie fuera de la cama, por la misma razón.

Que te encanta tu casa, decorarla, limpiarla; que prefieres las plantas naturales, aunque se te dan entre mal y muy mal; que no sé si los anturios te tienen manía o eres tú que le tienes manía a ellos, solo sé que, el rojo, se te muere desde que cruza el umbral de tu casa. Que te flipa la Navidad, tanto como los bolsos, los zapatos y los accesorios (nunca son, ni serán suficientes). Que eres una obsesa de la limpieza y el orden (nunca está totalmente limpio y organizado).

Que no te gusta maquillarte, ni coger sol, ni ir a la peluquería. Que eres de pocas palabras, que vas de frente y cuando hablas lo haces alto, claro y directo (no siempre gusta. Casi nunca gusta. Nunca gusta). Que no tienes muchos amigos/as, pero los que tienes cuentan contigo y tú con ellos/as. Que no te gusta hablar por teléfono y que prefieres dar a recibir. Detestas ser el centro de atención.

Que tu primer merengue lo bailarás con 13 años y tu primer contacto con el alcohol (muy poquito, de momento) es con 18 años; que no sabes bailar salsa y la bachata se te da regulinchi, igual que el pasodoble y la jota asturiana. Que no tocas ningún instrumento, aunque te regalan una guitarra con 12 años. Que te encanta la música y que disfrutas desde un reguetón, hasta una pieza de Vivaldi. Que cantas a todo pulmón, aunque desafines y bailas hasta los anuncios.

Que te gusta disfrutar de un café, un vino y un culin de sidra en buena compañía, y que prefieres comer salado a lo dulce, aunque prefieres cocinar lo dulce a lo salado.

Que te casarás con tu mejor amigo con 27 años; tendrás tu primera hija, la niña más hermosa y perfecta que tus ojos habían visto, con 28 y con casi 30 conocerás al segundo amor más grande de tu vida. Que formarás una familia imperfectamente perfecta o perfectamente imperfecta, y que cambias el título de la universidad por el oficio de ser madre y nunca te arrepentirás de ello.

¿Qué más puedo decirte? Seguro se me quedan muchas cosas más por contarte, pero ya te las iré diciendo a medide que me acuerde, aunque no sea 11 de agosto.

En conclusión, niña de la foto, serás muy feliz, porque el viaje, TU viaje, será alucinante: vive sin miedo, ama sin temor y comete la vida a cachinos. ¡¡¡Feliz Cumpleaños!!!

Atentamente,

YO

domingo, 11 de abril de 2021

Confieso...

Que me da miedo ir al baño o la cocina sola de noche. Que lucho diariamente con mis monstruos, fantasma y dragones. Que prefiero que digan que soy guerrera a que me consideren princesa.

Que no me gusta cocinar, ni planchar. Que prefiero arreglar la cama a deshacerla para dormir, y que lavar el baño y limpiar la casa me desestresa.

Que amo mi casa, comer en mi casa y beber café en mi casa. Que mi casa es mi lugar favorito del mundo.

Que prefiero ver una peli en mi cama a ir al cine, y leer, tejer, hornear o escribir a ver la tele.

Que soy perfeccionista patológica. Que me marea el desorden, el caos me da dolor de cabeza y la desorganización me agobia. Que tengo un lugar para cada cosa y cada cosa está en su lugar.

Que me mareo con girar dos veces sobre mi misma. Que nunca me balancee en un columpio, una mecedora o una hamaca, sin que después tuviera que pagarlo caro.

Que me encanta controlarlo todo, por pequeño e insignificante que parezca. Que todo lo cuento, lo calculo y lo presupuesto. Que sé cuántos escalones hay hasta mi casa.

Que el racismo y la homofobia me superan hasta asfixiarme. Que siento mucha rabia con el maltrato en cualquiera de sus ramas y los distintos genocidios a través de la historia me hacen sentir vergüenza de pertenecer a esta parte de los seres vivos.

Que tengo un lado oscuro en cuanto a la música y al cine. Que prefiero las pelis que me entretengan a aquellas que me supongan pensar y analizar. Que no me gusta ver series, y si las veo, prefiero aquellas de pocas temporadas y pocos, MUY POCOS, capítulos

Que no soy quien a ver los Oscars, el desfile de las rosas, Miss universo, Lo nuestro, o cualquier otra cosa que se le parezca a esto. Que los realities me aburren sobremanera (no importa cuál) y que los talents me parecen una tomadura de pelo de las grandes. Que no soporto los culebrones y que, si veo la tele, casi siempre es tejiendo, porque si no me aburro.

Que me gusta llevar las uñas cortas y vestir de jeans y taconazos. Que hasta hace muy poco no sabía llevar el pelo corto y que soy del bando “antes muerta que sencilla”. Que la moda realmente me incomoda, MUCHO.

Que me encanta ser la oveja negra, aunque eso me haya traído más de un bofetón, castigo, nalgada y disgusto. Que igual las brujas no existen, pero yo tengo escoba y vuelo y eso me encanta.

Que un café o un vino en buena compañía no sabe ni remotamente igual a cuando lo tomo sola.

Que todavía espero mucho de la gente, aunque no paren de decepcionarme. Y de la vida, aunque no pare de reírse de mi.

Que más de una vez he querido desaparecer. Ser invisible. Volar. Salir corriendo. Pero que conformarme y desistir no son palabras de mi diccionario.

Que lloro cuando estoy sola y me riño frente al espejo. Que me hablo y me cabreo y me hago preguntas y me respondo.

Que canto a pleno pulmón, sin importarme mucho lo que opinen los vecinos.

Que no me gustaban los perros, hasta que aprendí a amar a Toby

Que mi mejor amigo sigue siendo aquel que conocí en la fila de la universidad y con el que me casé 10 años más tarde. Que mis hijos y mi marido son los pulmones que me permiten respirar, que disfruto cada minuto a su lado y no los cambiaría por nada en el mundo. Que amo a mis padres, a mis hermanas y a mis sobrinos hasta el dolor.

Que disfruto la ensalada tanto como un buen chuletón y la zanahoria cruda tanto como una manzana. Que no soporto la remolacha, ni la tayota, ni los molondrones y que tampoco sé qué le encuentran al caviar y al champagne, por muy fino que estos sean. Que soy incapaz de comer pescado y frutos del mar en cualquiera de sus presentaciones, por muy bueno y saludables que sean. Que prefiero una pizzería a un restaurante de 5 estrellas, y la cocina dulce para cocinar y la salada para comer.

Que me chifla la Navidad y que paso el año entero trabajando, pensando y decorando la próxima Navidad. Que me apasionan el ganchillo y la pastelería. Que disfruto crear con las manos. Que prefiero los muebles clásicos a los modernos y lo minimalista me parece frío, distante e impersonal.

Que soy Mrs. Collect them all y que en mi casa esta todo en su lugar y hay un lugar para todo

Que no soporto las puertas de los armarios abiertas y los cajones a medio cerrar. Pero las puertas y ventanas de la casa me dan claustrofobia si están cerradas. Que las ventanas las abro de para en par, incluso en invierno.

Que me encanta el verano por sus días largos y su calorcito; la primavera por su renacer, su verde y sus flores; el otoño por sus colores y el invierno porque los árboles y la tierra parecen tomarse un descanso…por lo menos desde donde estoy escribiendo.

Que me siento en mi cama en verano a observar las hojas de los árboles que parecen bailar con el viento. Que disfruto como niña de los colores del amanecer y el atardecer y que me relaja el sonido de las olas muriendo en lo orilla y cuando rompen en el arrecife.

Que no soporto andar descalza en casi ninguna superficie, solo se salvan la arena de playa y la hierba bien cuidada.

Que me enternece ver a una madre amamantando a su hijo y a un padre cambiando los pañales.

Que no me gusta depender de nadie, ni pedir ayuda, ni pedir favores. A NADIE.

Que las mentiras me sacan de quicio, por pequeñas y blancas que sean.

Que no soy muy de recibir sorpresas, pero si me encanta darlas. Que soy más de dar que de recibir y que prefiero hacer regalos a recibirlos. Que no me gusta ser el centro de atención; que las felicitaciones y muestras de amor me agobian un poco y que no sé muy bien qué decir cuando me obsequian y/o me felicitan.

Que a veces me pregunto “qué hubiese sido de mi vida si…”, me planteo los posibles escenarios, y me quedo con esta. SIEMPRE.

Que igual no tengo todo lo que quiero o soñé, pero amo todo lo que tengo y he logrado. Que he sido feliz en lo mucho y en lo poco. Que he conocido la abundancia y la pobreza absoluta. Que, en ocasiones me ha faltado hasta para comer y he pasado mucho frío. Que he aprendido a ser humilde desde la enseñanza más dura.

Que amo profundamente a los que amo, pero puedo ser muy inflexible si me decepcionan. Que doy mucho, pero también exijo mucho. Que la vida me ha enseñado a tratarlo como usted me trate, aunque no me rebajo a tratar mal a nadie, me conformo con ser indiferente e ignorarlo. Que puedo parecer tonta, pero no lo soy; que tal vez usted crea que me está engañando o que se salió con la suya, pero NO, no es así...aunque le parezca.

Que soy muy egoísta y prefiero hacer el bien, para YO poder dormir bien, da igual si, desde mi punto de vista, se lo merece o no.

Que el futbol, los famosos, las coronas y todas esas mierdas me dan mucha flojera.

Que no sirvo para ser cotilla. Que llevar la vida de los demás me agota, ya suficiente tengo con la mía. Que no entiendo la prensa amarillista, ni la rosa. Y que los programas del corazón y los magazines me parecen un despropósito de los grandes.

Que todavía me sonrojo con los chistes subidos de tono y que no entiendo las llamadas pelis para adultos. Que el reggaetón en su versión más machista me da mucho asco y que ver a la gente “perrear” me da vergüenza ajena.

Que aunque me casé con alguien que no sincroniza dos pasos juntos, me encanta bailar, pero, como dice Juan Luis Guerra, si él no baila conmigo, prefiero no bailar. Que me gustaría saber bailar todos y cada uno de los ritmos tropicales…todos, menos perrear (ya dije que me daba vergüenza ajena).

Que hacer ejercicio me da mucha pereza, que nunca he ido a un gimnasio y, cuando me decidí a hacer yoga, nos confinaron.

Que no soy quien a leer una novelita rosa y que si me leo un libro profundo y serio, luego me leo otro ligerito, para equilibrar. Que entre mis libros favoritos están Cien años de Soledad, El médico y la trilogía de la sombra del viento. Que de mis autores favoritos destacaría a Marc Levy, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, María Dueñas y Kate Morton. Que, aunque he leído muchos libros de Isabel Allende, hay otros de ella con los que no he podido, y que los ojos amarillos de los cocodrilos, el vals lento de las tortugas y las ardillas del Central Park están tristes los lunes de Katherine Pancol es la segunda de mi trilogía favorita.

Que lloré cuando ví  “Siempre a tu lado, Hachiko”, “La vida es bella” y “Dad”; y cuando leí “Heidi” de Johanna Spyri “Los hijos de la libertad” de Marc Levy y “Eleanor y Park” de Rainbow Rowel. Que no he leído, ni creo que lo haré, Cincuenta sombras de Grey; y no he visto, y no creo que la vea, Juego de tronos.

Que la iglesia me decepcionó a tal punto que no he vuelto a pisarla desde 2014 y que hice mía la tan famosa frase “la religión es el opio del pueblo”. Que encontré más gente buena fuera de ella, que dentro rezando. Que cada vez creo en nada y en todo a la vez.

Que soy radical en todos los aspectos de mi vida. Que no conozco términos medios, o todo o nada, o negro o blanco. Que hablo de frente, claro y alto. Sin paños calientes. Que la diplomacia no es mi fuerte, y que puedo ser muy dañina cuando estoy cabreada.

Que tengo la firme convicción, que la primera vez que me haces daño es culpa tuya, pero la segunda es culpa mía. Que no creo en segundas oportunidades, y si me mientes me sería muy difícil volver a confiar en ti. Que por la buena soy muy buena, pero por la mala soy mucho mejor.

Que he aprendido a vivir con filosofía, para poder vivir en paz con lo que me rodea. Que trato de evitar los problemas, porque, como ya dije antes, no soy diplomática y tengo una lengua viperina. Pero si me buscas las cosquillas, me vas a encontrar y en la peor versión de mi misma.

Que me he emborrachado tres veces en toda mi vida. Que el primer trago de alcohol, la primera cerveza y el primer coctel me lo tomé en compañía de mi padre. Que fumar me parece la manera más tonta de gastar el dinero.

Que he sido de decisiones tardías y  muy maduradas. Aprendí a conducir, me casé y tuve mi primera hija con casi treinta años. Que mi primer móvil me lo asignarón mi padre y mi esposo, cuando salí embarazada y empecé a salir sola con el coche. Que mi primer CD fue de Enya y me lo regaló mi hermana por mi cumpleaños, y fue cuando me compré mi primer CD player. Tenía 26 años.

Que ahora, después de "vieja" y, a pesar de haber nacido en pleno trópico, me da alergia el calor. Que estoy orgullosa de haber nacido en ese lugar situado en el mismo trayecto del sol, y que vivo orgullosa de vivir en la tierra que nació mi padre.

y confieso, por último, aunque sé que me queda mucho por confesar, que no he revisado nada de lo que he escrito en este post: ni redacción, ni puntos, ni comas, ni acentos. Porque, si lo reviso, no lo confieso. No lo publico.

lunes, 15 de marzo de 2021

Un año...



 

 

Un año...

De quedar encerrados en casa.

De filas para entrar al super. De calles vacías.

Di viajes suspendidos. De espacios aéreos, fronteras y aeropuertos cerrados.

De las mascarillas, los guantes y el hidrogel. De anaqueles sin papel de baño primero, sin harina y levadura después.

Un año de los aplausos en los balcones y el “Resistiré” a todo pulmón.

Un año de quedar en Jaque.

Hoy, hace exactamente un año el mundo siguió girando ajeno a la realidad que nos golpeaba, y mientras a mi me parecía que detenía su respiración, los entendidos en el cambio climático dijeron que había empezado a respirar.

Tres días antes yo recibía una llamada que me decía que se suspendían mis prácticas durante quince días. A partir de ahí nos esperaban tres meses de una situación tan absurda como increíble. Y siete meses más de cierres perimetrales, toques de quedas y una nueva normalidad a la que no termino de acostumbrarme.

Un año.

Un año completo donde no hubo fiestas de verano, ni pasos de Semana Santa, ni cena de Navidad. Un año de cines y teatros desiertos. Un año y la economía agrietendose a paso de gigante.

Un año sin abrazos, sin besos. Un años de nietos que no pueden ver a sus abuelos y abuelos que no pueden abrazar a sus nietos. Un año sin contacto físico.

Un año y nuestros gobernantes dando catedra de lo que son y no son capaces de hacer. Unos haciendo politica y otros haciendo politiqueo, mientras juegan con nuestra salud como quien juega carambola.

Un año hablando y esperando una vacuna que nos hace soñar un poco con volver a la normalidad, aunque esa normalidad y la vida tal cual la conocimos haya cambiado para siempre.

Un año con un miedo constante a que alguno de los tuyos caiga en manos de este monstruo que nos aplasta. Un año dando gracias de no formar parte de las estadisticas.

Un año de ver cada día cifras descomunales de nuevos contagiados y muertos, a la que nos estamos acostumbrando y, sin embargo, continúan siendo apocalípticas.

Un año de hospitales colapsados y sanitarios trabajando por encima de sus posibilidades. Sin tregua. Sin descanso.

Un año de escuchar a los Miguel Bosé decir que todo esto es un invento del gobierno, mientras no deja de morir gente a causa de ese invento.

Sí, hoy cumplimos un año.

Un año y los bares siguen a media capacidad y las tiendas medio vacías.

Un año y los hospitales continúan llenos.

Un año y continúan los cierres, toque de queda y mascarillas.

Un año y las cifras de contagios y muertes siguen siendo espeluznantes.

Un año y seguimos sin abrazos y sin besos.

Un año de la vida antes y después.

Un año y contando…