Ayer en la mañana, desde una habitación en Alicante (sí, estoy en alicante, acoplada a mi marido que vino a trabajar), estuve rellenando un cuestionario para optar a la adopción de un perrito. Estaban las preguntas generales: nombre, edad, dirección, nacionalidad…; y estaban las preguntas más específicas ¿Cómo llegó tu última mascota a casa?
Qué cómo llegó Toby a casa, a
nuestra vida…Toby llegó como un milagro de Navidad, como un soplo de viento
fresco y llegó para revolverlo todo, poner nuestra vida, mi vida patas arriba. Como
dice una canción de Yahir “…pero llegaste a mi vida, cambiaste todo lo que
pensaba, …me diste todo sin pedir nada, …me devolviste la ilusión, me hiciste
el más bello favor”. Y es que Toby cambió para siempre mi forma de ver a
las mascotas como simples animales de compañía, porque fue mucho más que eso. Entró
como un perro, sin más, al que me tuve que hacer, adaptar, aprender a amar y
nos dejó formando, para siempre, parte de la familia.
Toby llegó una tarde de fin de
año, en un momento económico especialmente difícil. Los niños, que en ese
entonces tenían 15 y 13 años, no iban a recibir ningún regalo de reyes. Sería
el primer año, en el que no iban a tener nada en sus zapatillas, que con ilusión
colocarían el 5 de enero bajo el árbol. Para nosotros, papá y mamá, era frustrante,
porque los habíamos arrastrado a una situación que ellos no habían pedido. Decisiones
que tomamos sus padres, pensando en darles un mejor presente y un futuro, en
ese momento nos estaban pasando factura. No era arrepentimiento, era impotencia…
…entonces sucedió. Una tarde de finales de diciembre, el bueno de papá, en busca del dinero perdido y necesitado, decidió ir a visitar
a algunos clientes, con algunos productos en la mochila, a ver si podía venderlos.
No había, en ese momento, para comer. Se llevó a Jose, no sé muy bien por qué,
porque normalmente quedaban en casa conmigo, pero ese día marchó con su padre. En
su ir y venir, llegaron a casa de una señora que, justo en ese momento, por motivos
ajeno a su voluntad, estaba buscando a alguien a quien darle a este pequeño ser
de cuatro patas.
Empezó la maquinaria a
funcionar. Se lo ofrece a Jose, él dice que sí, sin pensarlo. Pero estoy yo, que
no quiero un perro en casa y su padre lo sabe. Me llaman y me preguntan. Yo, en ese momento, no sé
qué decir. Lo hablamos en casa, respondo. Me envían fotos. Toby era un Bichón
Maltese, una bolita de pelo blanco, pequeño, que, tal vez, quizás, cualquiera,
que no fuera yo, hubiera dicho que sí sin pensarlo. Yo tenía que pensarlo y
analizarlo. Mi casa dejaría de ser el templo de limpieza al que lo tenía sometido,
porque un perro trae pelos, pis mientras se adapta y le tenía, sobre todo,
terror, a que mi casa oliera a perro.
Lo hablamos, Flobre y yo. A solas.
Mientras dormían. Puse todas mis dudas sobre la mesa. Pensé en negarme, además
de los pelos y los olores, suponía una responsabilidad adicional. Una boca más
a quien alimentar. Vacunas y si se enferma, ¿Qué hacemos? Que no tenemos dinero,
pensaba, decía, razonaba. Él estaba de acuerdo en eso, pero, aun así, en su
interior quería tenerlo, traerlo a casa y me daba razones y motivos para quedarnoslo. Pensé en negarme, pero estaba el tema del regalo. En casa, todos,
menos yo, querían un perro, y ahí estaba, el regalo de reyes perfecto, en forma
de perrito; el milagro de Navidad que tanto nos venden en las películas. Acepté,
pero puse condiciones: yo no me ocuparía de nada que tuviera que ver con el perro,
ni alimentación, ni baño, ni sacarlo a pasear. Que me daba la neura y quería
bañarlo, lo bañaba; que amanecía con deseo de sacarlo a dar una vuelta, lo
sacaba. Pero en ningún modo y bajo circunstancia alguna, formaría parte de mi
responsabilidad. Suficiente iba a tener ya, con los desastres que sabía que iban
a llegar.
Lo fuimos a buscar una tarde del
30 de diciembre, aún recuerdo su cara de no entiendo nada; qué está pasando,
dónde me llevan. Toby salió del mundo que conocía, lo subieron a un coche y
llegó a una casa que nunca había visto, con una familia que no conocía. No lo
entendí. Me habló esa primera noche y no lo entendí. Flobre sí lo hizo y, desde
ese momento, se convertiría en su persona favorita del mundo mundial. Se lo
habían regalado a los niños, pero el escogió a Flobre.
Toby era pequeño, peludo, inteligente
y manipulador (muy manipulador), te ponía caritas y eras capaz de darle el
mundo; le quedaban los dientes y los colmillitos fuera cuando cerraba la boca y
eso lo hacía encantador y te ponía ojitos y eso lo volvía irresistible. Te
pedía bizcocho, café, yogur, le encantaban las patatas fritas y todo lo que
crujiera en la boca y tenía debilidad por las rositas de maíz. Aunque algunas
de estas cosas las comía muy de vez en cuando, casi nunca, porque le podían
hacer daño. No era un perro juguetón, había crecido entre personas mayores y
jugar, poquito. Tenía cuatro años cuando llego a casa y le encantaba
correr en la hierba y en la nieve y jugar con su humano favorito. A María
Eugenia le salía huyendo, porque le daba tanto amor, que el pobre perro se
agobiaba y, casi, que prefería tenerla lejos.
Nuestra relación fue diferente, difícil; nos costó aceptarnos, comprendernos y amarnos. Me la lío más de una vez en la
casa, se meaba en los muebles, en los manteles, en los rincones. Un domingo, mientras
estábamos en misa, había sacado todos los papeles del cesto del baño y los
había repartido por toda la casa. En ese momento, tampoco supe entenderlo.
Entender que su mundo se había dado la vuelta, sin él pedirlo y sin él verlo
venir; que, hasta su entonces humana favorita, lo había regalado y el no lograba
entenderlo. Nunca quiso saber de ese coche rojo donde lo subieron y lo
alejaron, para siempre, de su mundo y le producía ansiedad extrema quedar solo
en casa. Tuvo que adaptarse a su nueva realidad, a su nuevo mundo y a esa
humana que tanto le reñía y yo tuve que aprender a aceptarlo, a entenderlo, a
amarlo. Poco a poco fue ganando terreno en la casa y en mí, hasta ocuparlo
todo. De repente ya no me importaban los pelos en los muebles, ni si la casa olía
a perro, aunque me esforzaba, el doble, para que esto no fuera así.
Toby, en principio, dormía en la
cocina, Toby terminó durmiendo con nosotros. A las diez-once de la noche,
empezaba a sacar a Maru de la cama, porque ya era hora de él dormir y mi brazo
izquierdo era su almohada. Si me daba la vuelta, se cabreaba y me hacía girarme.
Todo con tal que él estuviera cómodo. Si yo estaba tejiendo, él se enredaba con
los hilos, solo por estar encima de mí. Exigía atención, como los críos pequeños.
Nos regaló momentos y anécdotas inolvidables. Si papá tardaba más de lo normal
en llegar, iba hasta dónde mí a preguntarme y se sentaba en el umbral mirando
fijo a la puerta de entrada, hasta ver que llegaba, entonces, en su cabecita,
sonaban violines y empezaba la fiesta. No le gustaba que lo bañaran, y, cuando
se olía que le iban a bañar, salía corriendo en dirección contraria al baño; de
hecho, era un lugar donde no entraba, ni por error. Seguía a Flobre por toda la
casa (menos al baño), y solo se escuchaban las uñitas, trac, trac, trac, al contacto con el
suelo. Si abrías un gabinete, ya lo tenías en tus pies y si sentía las llaves,
o alguien gritaba “I will be back” se ponía en atención, no porque supiera
inglés, porque sabía que alguien, normalmente papá, o todos iban a salir.
Nos regaló 10 años maravillosos. Les
celebramos todos sus cumpleaños, desde el primero, hasta el último de los que
pasó con nosotros. Los niños lo disfrazaban (y yo también), le hacíamos trenzas
y él era tan bueno que se dejaba hacer, sin protestar. Era mimoso, cariñoso,
curioso. El amor en mayúsculas. Apenas se enfermaba y, cuando se enfermó de
verdad, fue para dejarnos.
Toby fue un soplo de aire, fue un
antes y un después en la casa, en la familia y, sobre todo en mí. Anatole
France dijo “Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá
dormida” y yo doy fe y testimonio de esto. Toby despertó a esa parte de Mari que estaba dormida. Mi querida Gya
veía mi relación con él y reía, porque sabía todo lo que yo había dicho de
tener un perro en casa, lo que opinaba y cómo pensaba respecto a eso.
Fui muy dura con él, al llegar a
casa. Me costó mucho hacerme con él, aprender, aceptar. Era quien lo corregía,
quien lo castigaba. El poli malo, tal cual como con mis hijos. Mis hijos, sobre
todo María Eugenia, no llevaba bien que yo no lo quisiera y que, a veces, hasta
llegara a maltratarlo. Pero él era tan bueno, era tan noble, que aún con lo “mala”
que fui a veces, me amó sin condiciones y me enseñó a amarlo.
Toby nos dio tanto, me dio tanto. Me enseñó que los ángeles no vienen con alas, vienen con colitas y naricitas frías. Que no vuelan, saltan y corren por el prao’. Que lo milagros sí existen, porque llegó como un milagro de Navidad y, como un milagro me hizo hacer las paces con él y el resto del mundo animal. Me demostró, a base de amor y lealtad, que los animales aman más y mejor, y que son mucho más leales que mucha gente conozco. Hizo que replanteara todas mis fijas y mis variables.
Toby se marchó una tarde de
mediados de julio, asistido, porque ya era mucho pedirle. Recuerdo la última
vez que me miró, era una suplica donde pedía, me pedía que lo dejáramos ir, que
ya no podía más. Fue la única vez que, en un momento crucial, lo supe entender,
lo pude leer. Le hablé, le dije que ya todo su sufrimiento iba a terminar y le
pedí que marchara tranquilo, que yo iba a cuidar de papá por él, que no
prometía ponerme tan feliz siempre que lo viera llegar, porque su felicidad al
oírlo abrir esa puerta era tan genuina, tan real, tan sincera, que yo jamás
podría ni siquiera llegar a imitarla.
Murió en los brazos de su persona favorita del mundo mundial, fueron sus
ojos los que vio por última vez y fue en sus brazos donde se quedó dormido para
siempre.
Durante un buen tiempo nuestra
vida giró alrededor de Toby, incluso después de que marchó. Íbamos de paseo y
regresábamos antes “…porque Toby nos está esperando”; llegábamos y metíamos la
lleve sin hacer ruido y abríamos despacito “…porque que Toby se revoluciona y despierta
al vecindario con sus ladridos”. Así continuamos un buen tiempo después.
Teníamos que hacer un esfuerzo extra, para recordar que ya no estaba, que esos
ladridos de felicidad (ya a veces de riña) ya no sonarían y que esas patitas ya no se sentirían.
Cuatro años y lo recordamos día
sí y día también. Cuatro años y es un tema de conversación normal, recordando
sus ocurrencias, contando sus miles de anécdotas. Cuatro años y todos los días
facebook me regala una foto de él. Cuatro años y sigue tan presente como el día
que llegó.
Mi querido Toby, estamos buscando
a un peludo, no para ocupar tu lugar, porque siempre serás el que nos enseñó
hasta dónde se puede amar a un animalito y quien nos enseñó hasta dónde son
leales y aman los animalitos. Te fuiste y dejaste mucho espacio. Te fuiste y
dejaste mucho vacío. Un espacio y un vacío que no nos atrevíamos a llenar con
ningún otro. Hoy estamos preparados, todos, papá, mamá Maru y Jose, y te
pedimos, allí donde estés, que nos envíes a un peludo de naricita fría que nos
quiera tanto como tú y al que queramos tanto como a ti.
Para nuestro querido, amado y
siempre presente Toby, el mejor perro del mundo mundial.
P.D.: Ay, Toby, estoy llorando como aquel día en el que te despedí. Como aquella tarde en la que volví a casa y ya no estabas. Sigues haciendo mucha falta, pequeño.



