domingo, 3 de julio de 2016

Una historia, una canción: Todo empezó


Todo empezó en el momento indicado, en el verano del 88, cuando unas inscripciones nos hicieron coincidir en una fila. Amigos inseparables a veces, enemigos sin poder separarse otras. Diez años que dan para muchas risas, para muchas lágrimas, para muchas riñas. Diez años que dan para conocerse en las buenas, en las malas y en las peores.

Todo empezó en el momento indicado, en verano del 96, cuando una salida aquí y otra salida allá, me mostró al mejor amigo de otra forma, o cuando yo lo noté de otra forma. Cuando deje atrás los miedos y di paso a los sentimientos. Cuando deje de verte como amiga y empecé a mirarte como mujer.

Todo empezó en el momento indicado, sin querer y sin pensarlo, me enamoraste sin dudarlo y yo me enamoré llena de dudas.

Todo empezó en el momento indicado, porque empezó justo cuando tenía que empezar, cuando la historia podía continuar, cuando el cuento no tendría un final feliz, sino un feliz comienzo.

Todo empezó así, entre atardeceres y puestas de sol, con la luna de testigo y el puerto como cómplice; todo empezó, así, de manera simple, de forma sencilla; todo empezó así, como empiezan las cosas buenas, las cosas duraderas; todo empezó así, sin prisas, sin presiones, sin agobios. 

Y así empezó todo, un amor sin grandes pasiones, pero lleno de pequeños momentos; un amor que no se enfrentó a muchos obstáculos pero que llegó para dar seguridad; un amor que  no desafío grandes tormentas, pero que trajo tranquilidad...

...y juntos nos fuimos del brazo con la tarde a cuesta.

lunes, 20 de junio de 2016

Una historia, una canción: 25 horas al día


Si alguna vez las palabras que me decía en aquel 1996 hubiesen tenido música creo que sonarían exactamente así. Si no me equivoco fue él quien me dijo que la escuchara y gracias a él le puse atención, lo que no deja de ser hasta cierto punto irónico, cuando la de los merengues, bachatas, salsa y son siempre fui yo. Por eso esa no podía faltar en nuestra lista. 

Nunca la hemos bailado, es difícil teniendo en cuenta que, como dice mi Maru, él tiene dos pies izquierdo y mientras yo bailo él parece un pato mareao’. Pero no necesitamos pararnos en una pista para bailarla, si la estamos bailando desde entonces, tomados de las manos, al ritmo que nos ha ido marcando la vida. 

No sé si es consiente de que lo que él me decía con sus palabras, Juan Luis Guerra lo hizo poesía y Proyecto Uno le puso la voz, cuando él quería gritar a los cuatro vientos lo que estábamos viviendo y yo no quería que nadie se enterara. Era tanta su desesperación que un sábado cualquiera de los 52 que hay en el verano de mi isla, me preguntó qué para cuándo, que hasta cuándo íbamos a jugar al escondite, qué hasta dónde llegaría mi miedo. Fue tanto mi cabreo, que le grite que no me presionara y le corté la palabra por el resto del día, y parte del otro. 

Puede ser que haya tenido miedo, pero miedo a que todo se esfumara. No quería que nadie supiera para que no se metieran, para que no opinaran, para que nadie se sintieran en la “obligación” de ser buen amigo y viniera de “muy buena fe” a aconsejar sobre si estaba bien o estaba mal. Y no me equivocaba, porque solo fue hacerlo publico para que saliera la “buena amiga” a preguntarme si yo estaba segura y, lo que es aún mejor, nuestro “mejor amigo” a decirme que lo que yo hacía no estaba bien “cómo enredarte con él, cuando tu sabes que fulano, que es mi amigo, sigue enamorado de ti, es que no me parece ni medio normal lo de ustedes dos. Crees que se merece lo que ustedes dos le están haciendo?” fue su pregunta, no sé si eran celos, envidia o simplemente que era un tonto integral, bueno era o es, porque hasta donde sé sigue respirando; sólo atiné a responderle que si él me quería, que si él nos quería, que hiciera el esfuerzo por sentirse feliz por nosotros, porque yo era feliz, realmente feliz, y que su amigo, por fin había logrado conquistarme, que si no valía la pena que él se alegrara por nosotros, que también éramos sus amigos, y que ese fulano había tenido la oportunidad y la había desaprovechado de todas las formas posibles. 

Sí, era egoísta, quería vivir en mi nube yo sola, con él; disfrutar cada segundo, cada salida, cada mirada; pasear juntos agarrados de las manos, besarnos a escondidas como dos adolescentes. Sí, llámenme egoísta, pero la verdad es que no quería que nadie supiera, para que nadie opinara, para que nadie dañara, como trataron de hacer quienes se supone eran nuestros mejores amigos. Tengo que aclarar que también estaban los que se alegraron por nosotros, porque POR FIN Flobre había pasado de ser el amigo fiel y enamorado a ser el novio y futuro esposo, y porque POR FIN yo le había dicho que sí. Todos nos acompañaron ese ocho de noviembre, los que se alegraron y los que no, unos más que otros, todo hay que decirlo, y alguno que otro bromeó con la estampa, de hecho recuerdo comentarios del tipo “al lado de la palabra perseverancia en el diccionario hay que poner una foto de Flobre, mira que aguantó brisas, viento fuertes y huracanes sentadito en el sofá” o “ese muchacho tiene diez años de licencia para portarse mal, que fue mucho lo que paso hasta llegar aquí”. No sé a cómo estaban las apuestas, porque era una historia que todos conocían, en las que todos habían opinado, para bien o para mal. 

Y sí, 25 horas al día no se podía quedar, porque prometió quererme 25 horas al día, ocho días a la semana, y lo cumplió; me prometió enseñarme a conjugar el verbo amar, y lo cumplió; me dijo que íbamos a tener una niña tan linda como yo, y lo cumplió... 

Por esos diez años de ser amigos, porque es lo mejor que nos pudo pasar, y por ese año de no novios que tanto disfruté.

lunes, 13 de junio de 2016

Una historia, una canción: Entre el amor y los halagos y me amaras


Esta vez no es una canción, sino dos que van una unidas una a la otra, juntas en la misma historia, entraron con una diferencia de tres minutos a formar parte de nuestra banda sonora. 

Haya por el año 1996 cuando éramos más que amigos y menos que novios, momento de la relación en la que sí, pero no: Él que sí y yo que no. 

Era de noche y estábamos sentados en el carro, su Fiat Punto verde oscuro, la radio estaba encendida en una de esas emisoras que ponían “media hora de tu artista favorita” (inserte aquí voz de locutor y música de fondo), mi hermanita Lourdita, sin duda la madrina de esta relación, estaba sentada en la parte de detrás, y le tocaba a Ricky Martin su media hora de concierto, no sé qué hacíamos los tres en el carro, no sé si esperábamos a alguien o hacíamos hora para quién sabe qué cosa; tampoco recuerdo cuáles canciones sonaban, ni cuántas, estábamos distraídos hablando y riéndonos cuando empezó Entre el amor y los halagos cuando empezó la letra "yo quisiera quererte, lo sabes bien, que no puedo entregarme también..." de manera instantánea le dije a Flobre “Escúchala bien, te la dedico enterita ”. El le puso toda la atención del mundo, y yo se la canté de principio a fin, a ver si entendía, de alguna manera porque no...

Habíamos hablado varias veces el tema de enamorarme, de darme una nueva oportunidad, también habíamos vuelto a tocar nuestro tema tabú desde 1990. Yo no estaba muy por la labor, una porque la había pasado muy mal con mis últimas relaciones; otra, porque no quería ningún nuevo energúmeno celándome hasta de mi sombra. Era libre y me gustaba; salía con él sin ningún compromiso y me gustaba; tonteábamos sin ser novios y me gustaba; nos la pasábamos bien juntos y me gustaba, entonces porqué fastidiar el asunto con un jodido noviazgo, con lo bien que estaba todo entre nosotros, para que fastidiarlo, mejor así: juntos pero no revueltos. 

Esas eran, más o menos, nuestras conversaciones cuando nos poníamos serios y cuando a él le daba por tocarme el tema “novio”. La canción en ese momento me vino como anillo al dedo. Escuchamos la canción completa, yo cantando, él escuchando y Lourdita detrás testigo de la escena. Inmediatamente después de entre el amor y los halagos pusieron Me amarás, que viene a decir mas o menos así “Me amarás, aunque tenga que rogarte me amaras, aunque tenga que obligarte me amaras, eres cosa mía...” inmediatamente sonaron los primeros acordes de la misma, Flobre me dijo “pues mira, esa es de mi para ti, te la dedico enterita”!!! Lo miré y solo pude reírme, porque no me quedaba de otra, y porque me estaba empezando a dar cuenta que, esta vez, él le iba hacer caso omiso al “no, porque te quiero como amigo”...y visto lo visto, creo que no me equivoqué.

Y así es como, contra todo pronóstico, Ricky Martín forma parte de nuestra banda sonora no con una, sino con dos canciones.

domingo, 5 de junio de 2016

Una historia, una canción: Love is in the air


El año 1996 fue un año de esos que marcan, como aquel verano del 90, este también había sido un buen verano. 

Mi cuadrilla se había quedado, con el tiempo en tres, Flobre, René (mi otro mejor amigo) y yo. Los tres trabajábamos, y como amigos salíamos de domingo a domingo, unas noches al cine, otras a cenar, otras a tomarnos algo, el fin era salir, divertirnos, pasárnosla bien. 

No tengo que decir que Flobre seguía enamorado de mí y yo seguía sin hacerle caso alguno. También tengo que decir que desde aquel septiembre del 90 nunca más se tocó el tema entre nosotros...nunca más hasta 1996. El había tenido su novia y yo mis novios. Sí, así mismo, en singular y en plural. 

Nunca dejamos de salir en esos seis años, y mi novio de turno tenía que acostumbrarse a ellos dos y ellos dos tenían que acostumbrarse a mi novio de turno, y ay de aquel que se lo ocurriera celarme con alguno de los dos, sobre todo con Flobre, lo mandaba por un tubo. A mi, o me querían con ellos dos o no me querían, y si ellos no le caían bien ya se podían ir a la Patagonia a freír monos. 

Pues por aquí empieza esta historia. Mi último novio, quien a pesar de tenerlo todo a favor, no me había durado ni seis meses completos, porque no era el momento, porque yo no estaba preparada, porque no había química, porque yo fui una bruja con escoba y verruga, o porque él no supo mantener el encanto, vaya usted a saber porqué. Habíamos terminado a finales del 1994, 24 de diciembre para ser exactos, no de muy buena manera, pero pasado el tiempo y después de hablar, empezamos a salir como amigos, alguna vez intentamos volver, pero yo me frenaba en seco cuando venía el siguiente paso, hasta que él se cansó de intentarlo y se buscó una novia. Entonces a mi se me revolvió todo, cuestión de orgullo supongo, y me dio por querer conquistarlo, o mas bien reconquistarlo. 

Alguna vez he contado lo buena niña que he sido siempre y lo mucho que abusé, como amigo, del pobre Flobre. También les he dicho que con Flobre siempre conté para todo, para todas y cada una de mis locuras, que lo de que estaba enamorado de mi quedó en un último plano y que el tema ya ni se tocaba. Que era mi cómplice, mi compañero de travesuras, ese amigo que estaba dispuesto a todo por mí. 

En mi afán por reconquistar a mi ex, entre una salida y otra a la semana le llamaba y le decía “Flobre qué haces...vamos a Casa de España a ponerme donde el capitán me vea”. “El capitán” siempre estaba en Casa de España, así que era una apuesta segura que nos encontráramos con él. Yo hacía gala de mis mejores dotes, y, con “lo primero que agarraba del armario” bajaba perfectamente vestida y maquillada a “pasar un rato”. No lo saludaba, no le miraba, porque él andaba con su actual novia y menuda era ella, pero sí me ponía lo suficientemente cerca como para que me viera SÍ O SÍ. Además, estando con Flobre, que no pasara de mi era algo seguro. 

Un sábado de tantos había no sé que cosa en el área de la piscina y fuimos todos, papi, mami, Flobre, René, Lourdita y yo. El área donde era la actividad no era muy grande, por lo que la mesa de la familia de mi ex, con mi ex y su novia incluidos, nos quedaba justo al lado, quedamos tan juntos que podíamos escuchar, sin mucho esfuerzo lo que hablaban entre ellos. Me levanté y me apoyé en la barra del chiringuito de la piscina, de manera que la mesa en cuestión me quedara de frente. 

Sonaba la música del disc jockey, y él estaba pendiente a su novia, su novia pendiente a mi, mientras le hacía carantoñas, y yo pendiente a él. Flobre que siempre ha sido Flobre, me mira, nos mira, ve la escena y el ambiente y empieza a cantar “Love is in the air, everywhere I look around, love is in the air, every sight and every sound...” mientras, con una gran sonrisa me miraba a mi, y de reojo a la mesa que nos quedaba en frente. 

Desde entonces es una canción que, cuando la escuchamos, nos acordamos de aquella estampa y nos provoca reírnos. Cuando alguna vez le pregunté a Flobre que porqué me llevaba a ponerme donde “el capitán” me vira, me contestó, " tonta tú, tú ibas a que “el capitán” te viera y “el capitán” siempre te veía conmigo...el trabajo se hizo solito" 

Y es por eso que Love is in the air tenía que formar parte de nuestra banda sonora...

domingo, 29 de mayo de 2016

Una historia, una canción: Amigos


La canción Amigos de 440 puede definir exactamente lo que para mí éramos Flobre y yo. Nos conocimos en verano del 1988, haciendo fila para pagar la inscripción de verano en la uni. De principio no me gustó mucho, más bien me cayó muy mal, me pareció un tipo muy pesao’, un metome en to' lo que no me importa, y llegué a querer estrangularle con la correa de la mochilita que llevaba a la espalda a ver si así se callaba y dejaba de jorobarme de una puñetera vez. Aún así, para el 1989 ya éramos uña y carne. 

No recuerdo, desde entonces, un momento importante en el que no haya estado conmigo...bueno sí, mi graduación de la universidad, pero debo aceptar que eso fue más culpa mía que de él, al fin y al cabo yo misma lo había liberado del compromiso en un arranque de rabia. Yo tampoco fui a la de él, no por venganza, que también, sino porque tenía una reunión y terminó tarde. 

En cada instante que recuerdo siempre le veo a mi lado, incluyendo aquellos siete meses en los que no nos hablábamos. Cuando murió mi abuela, al salir de la capilla, era el único de mis amigos que estaba afuera, esperándome, fue el único que me abrazó. Cuando mi tío, un año más tarde, nos dejó, fue hasta mi casa con fiebre y varicela a pasar un rato conmigo; y cuando necesité desesperadamente que alguien me llevara a entregar la tesis, a quien llamé fue a él. Siempre que necesité un abrazo, ahí estaba él, en silencio, poniéndome su hombro, apretando mi mano. Y yo, siempre que estaba mal, le buscaba, solo para sentirme protegida...es algo que nunca podré explicar, porque sé a ciencia cierta, que no estaba enamorada de él, pero me recomponía el día verlo, que me mirara, no tenía que articular palabras, solo extender sus brazos y acunarme entre ellos. 

En aquel febrero, cuando terminé con mi novio, con el que había pasado dos años y medio de mi, hasta entonces, corta vida, estaba destrozada, me sentía un gusano, no solo porque me habían dejado, sino por la forma, entre insultos y humillaciones. Había llegado a la universidad como una autómata, vacía, humillada e insultada; le busqué, pregunté a todas mis amigas por él, pero nadie le había visto, el mundo se me caía encima, hasta que lo vi, ahí estaba él con su pantalón negro, su camisa blanca y su corbata a juego, me miró, me sonrió y me abrazó. Era todo lo que necesitaba, para que ese dolor amainara. Apenas pronunció palabra, pero las que dijo me devolvieron el alma...al menos por un momento. 

Y ese fin de semana famoso en el que nos fuimos a la playa con los amigos a celebrar mi cumpleaños, todo estaba bien, hasta que su novia lo llamó y él se fue, raudo y veloz, a su encuentro. Desde ese momento el fin de semana fue un completo desastre, fue, sin duda, el peor cumpleaños que recuerdo; mi “otro mejor amigo” se había quedado, pero, para variar, era un cero a la izquierda, en esa puñetera discoteca, sacó a bailar hasta al palo de la escoba, menos a mi...estábamos celebrando mi cumpleaños y nunca me lo habían hecho pasar tan mal. Todavía hoy, estoy mas que segura, que de haber estado él ahí, recordaría aquel fin de semana en la playa de otra manera, porque siempre fue capaz de sacarme una sonrisa, de convertir un mal momento en un instante inolvidable. 

Y en esa gran ausencia, en mi graduación, sentí su falta y aquella tarjeta de felicitación, fría y distante que me hizo llegar a través de mi “otro mejor amigo” no hizo más que romperme en mil pedacitos, porque me faltaba su abrazo, su presencia que me indicaba que todo estaba bien, que esa noche todo sería perfecto. 

Sí, somos esos “amigos” de la canción. No hicimos castillos en la arena, no contamos gaviotas, nunca encendimos una hoguera, al menos en el sentido literal de las frases, pero sí cada vez que lo necesité, cada vez que lo llamé, cada vez que lo busqué fue “mi sombra cuando se ocultaba el sol”.

Y sí, al final además de casarme con un hombre maravilloso, también tuve la suerte de casarme con mi mejor amigo.

domingo, 22 de mayo de 2016

Una historia, una canción: La quiero a morir


Esto es un “compendio” de pequeñas historias relacionadas con una playlist que hemos llamado Nuestra banda sonora, porque cada canción que suena ahí cuenta algo que tiene que ver con "nuestra historia". Empezó con tres canciones, ésta entre ellas, y se le han ido agregando más a medida que nos iban acordando "algo" de nuestra relación, desde que éramos "no novios" hasta el día de ayer. Se me ocurrió que escribirlas sería una buena manera de no perderlas. Sí, sí, también tengo que admitir que "algo" tiene que ver que me he leído dos libros cuyos capítulos eran títulos de canciónes. En fin, que aquí les va el coñazo...que si no quieres leerla pasa de ella y ya está, que yo me conformo con contarla :)

Empiezo por La quiero a morir cantada por Sergio Vargas a Ritmo de Merengue, porque creo que a partir de aquí surgió esa  "nuestra historia". 

El verano del 90 fue, para mi, uno de los mejores veranos que recuerdo, creo que ya he hablado de él en alguna ocasión. Fue un verano de días de amigos y domingos de piscina, fue un verano divertido, de salidas nocturnas al cine y a cenar, de tardes en la galería de mi casa, de relaciones que nacían, un verano en el que nuestra mayor complicación era si ir a comer a Pizzarelly o a Emilios hot dogs. Un verano que al finalizar prometía una nueva universidad, un comienzo, un dejar atrás. 

Aquel año había sido rico en todos los sentidos, había empezado con situaciones difíciles a nivel familiar y habíamos llorado y habíamos reído y habíamos viajado. Fue el  año de aquellas elecciones en las que el PLD iba ganando y de repente se fue la luz, y ZAS ganó Balaguer. Sin duda un año para recordar en muchos sentidos. 

Yo tenía mi grupo de amigos, algunas veces éramos menos, otras veces éramos más, pero siempre había uno que se mantenía cerca, Flobre, y todos los demás coincidían en que estaba enamorado de mi. Todos menos yo, porque Flobre era mi amigo, mi mejor amigo, y eso era sencillamente imposible, eso no podía ser y punto. Esto también lo he contado. 

Tanto insistían que terminé por preguntarle, primero a su mejor amigo, al que empotré contra una pared y que me dijo que no. Le creí, porque menuda era yo acojonando a los demás, además, si alguien sabía la respuesta, era él. Más tarde me dí cuenta que me había engañado, o no le acojoné lo suficiente o era muy fiel a su amigo. Luego le pregunté directamente a él, a Flobre. También me lo negó, aquí sí, porque lo acojoné y no se atrevió. Eso lo supe tiempo después.

El verano siguió su curso y yo me hice novia del muchacho que me gustaba, sin ningún remordimiento y sin temor de hacerle daño a Flobre, porque él mismo me había confirmado que NO estaba enamorado de mi, cuando le pregunté de manera delicada y sin coacción alguna. Dos días más tarde de andar de novia, me imagino que después de verle las orejas al lobo, me dice que tiene que hablar conmigo. Quedamos en mi casa y nos sentamos en la acera y, sin muchos rodeos dijo que él estaba enamorado de mi, que yo le gustaba desde hace tiempo y que ya no podía seguir así. Esto también lo he contado antes. Le pregunté que porqué ahora, porqué no antes, qué había cambiado. No me pudo contestar. No sé si él fue consiente en algún momento que aquella confesión me acababa de lanzar una losa encima. Mi respuesta, por supuesto, fue negativa.

Seguimos hablando un rato más, hasta que decidió marcharse. Antes de irse me preguntó si iba a ir al concierto de Sergio Vargas acompañada, le contesté que sí, me imagino que aunque yo no me atrevía a contarle que ya tenía novio, él ya lo sabía. Se despidió, pero antes me pidió que cuando escuchara La quiero a morir me acordara de él, me dio un beso en la mejilla y se fue. Sé lo que pasó después, porque él me lo contó, pero eso sí queda entre nosotros.

No puedo decir que no conocía la canción, porque sí la conocía, la había cantado, la había bailado, incluso en la tarima con la orquesta, incluso con él, pero hasta esa noche en Altos de Chavón no había tomado sentido la letra. Lloré lo que no está escrito con cada palabra, con cada estrofa. Aún recuerdo cómo se me quedó grabada de manera dolorosa la frase “ella para las horas de cada reloj y me ayuda a pintar transparente el dolor con su sonrisa...” y cómo se me hacía añicos el corazón cada vez que repetía “la quiero a morir”. 

Pueden pasar los años y no se me olvida aquel dolor de saberme haciéndole daño a la persona, que como amigo, más quería, quien, como amigo, era todo para mi, al que, como amigo, ya estaba empezando a extrañar. Llovía a cantaros, pero yo no lo sentía, y menos mal porque pude camuflar mis lágrimas. Lloré desde que empezó la canción hasta un buen rato después que terminó. Lloré en el autobús de regreso, de manera callada, esta vez me cubría la oscuridad que no permitió que quien iba a mi lado se diera cuenta que ya llevaba un buen rato sollozando. 

Después de esto solo me vienen flashes a la memoria, Flobre en la universidad, yo tratando de no verle, esquivándolo, evitándolo, hasta una noche que me preguntó si me llevaba a casa y le respondí que no, me dijo mirándome a los ojos “no me hagas esto, no me separes de ti, no dejes de ser mi amiga, me haces más daño si te alejas de mi para no hacerme daño...”

Poco a poco volví a ser la misma con él, a buscarle, a abrazarle, a confiarle mis secretos, a contar con él para todo, a ser completamente yo al lado de él, sin miedos, otra vez los amigos que hasta aquella noche de septiembre habíamos sido. Otra vez los mismos amigos, hasta seis años más tarde cuando la historia pega un giro. 

Así se convirtió esta canción en single de nuestra relación. Es nuestra canción. Esa canción, que de haberse bailado en nuestra boda, hubiese abierto el baile.

Hasta la próxima canción, hasta la próxima historia...

jueves, 19 de mayo de 2016

Una imágen, dos historias...


Hace unos días prometí que contaría la historia envuelta en este adorno de la cabeza, pero entre lo cansada que terminé de la graduación y la gripe que me agarró no había podido pasarme por aquí.

Otra cosa que me frenaba un poco es el maravilloso regalo que me hizo mi hermana Angie al compartir conmigo el libro de vida de Amelia, mi sobrina, un proyecto del último año de colegio y que empecé a leer con los ojos llenos de nubes y terminé con ellos llenos de lluvia.

Como no sabía por cuál tema decidirme, me he decidido por los dos, que por cosas de la vida y la distancia, van unidos por un fino hilo llamado nostalgia; porque es la nostalgia la que, al fin y al cabo, inspira ambas historias.

Empezaré con el adorno del pelo que lució María Eugenia el día de su graduación, es una pieza "vintage" como se le llama ahora a las cosas de las abuelas, que crecí viendo en mi familia, escondida en la "gaveta de la tía Lourdes", esa gaveta que a mi me encantaba explorar porque estaba llena de cosas maravillosas: collares, anillos, pendientes, brazaletes, gafas de sol, adornos para el pelo..., todo con lo que yo soñaba algún día lucir. Pero como yo, habían dos más, porque es que somos tres hermanas que crecimos viendo y admirando las "cosas" de la tía, y este gancho, o uno como este, tiene historia y miga. Estábamos las tres "enamoradas" de él, y las tres competíamos por ponerlo en nuestro pelo, cada una con sus razones poderosas, yo que era la mayor, Lourdita que era la pequeña y Angie que era la que iba entre la mayor y la pequeña, en fin, que el gancho si bien no era un problema, tampoco dejaba de serlo. Crecimos viéndolo, crecimos queriendo llegar a la edad permitida para usarlo, crecimos, y el adorno creció con nosotras...

Una tarde en casa de mi suegra, sentadas en medio de un café, ella me dice que tiene algo para mi que le gustaría que yo llevara "...lo había guardado para Rosmery (su hija), pero tiene tan poco pelo que nunca se lo podrá poner, pero a tí te quedará muy bien con ese pelo tan abundante y tan negro..." me dijo; continúo diciendo que era de cuando ella era joven, que lo llevó mucho, porque ella tenía mucho pelo y le "agarraba" bien. El que me conoce bien sabe que me encantan los recuerdos de familia, que prefiero el mueble de mi abuelo a otro ultra moderno, y que guardo esos detalles como oro molido, otro punto a mi favor, según palabras de mi suegra. No puedo describir la sorpresa y emoción que me dió cuando me lo entregó, era el mismo gancho/adorno para el pelo que tenía mi tía y del que estaba enamorada desde que tenía uso de razón y por el cual ya no tendría que competir con mis hermanas. Me faltaron las palabras para decirle todo lo que pasaba por mi cabeza en ese momento, y solo pude decir: GRACIAS!!! 

Lo he usado poco, porque el valor que le dí es tan grande, que solo lo uso para ocasiones realmente importante. Alguna vez que lo llevé puesto, escuché a mi mamá que me decía, con esa voz característica de cuando descubres una pequeña fechoría, mientras se acercaba lentamente a mi "Aaaaay mirala a ella, con el gancho de la tía", a lo que rápidamente le contesté negando con la cabeza "mm, mm, ese gancho no es de tía, ese me lo dió MI suegra, que tenía uno igualito, así que ahora ese gancho es mío...". No tengo que aclarar que ya no puje más por el otro gancho, porque para mi daba igual de quién había sido el que ahora era mío, para mi tenía el mismo valor y, aunque era de mi suegra, sentía que también le rendía un poquito de honor a la tía cada vez que lo llevaba puesto.

El jueves pasado, cuando Maru me dijo que Eve, mi vecina encargada de peinarla para la graduación, preguntó si tenía algún adorno para el pelo que pudiera ponerse, sin dudarlo, pensé en el "recuerdo de familia", lo busqué y le expliqué que me lo había regalado su abuela luz y que la tía Lourdes también tenía otro igual, le conté la historia que le rodeaba y le dije que era como llevar un poquito de cada una ese día a la graduación, era como tenerlas cerca a ambas, y que para la abuela Luz iba a ser una sorpresa verselo puesto "tengo que tirarte una foto para que lo vea!!!" le dije...

Tomé la foto y la envíe con un pie de foto que decía "alguien recuerda esto". Yo sabía que sí, porque de ambos lados, mis hermanas y mi cuñada, conocen esta pieza, que en las dos familias tiene historia y que ese día, orgullosa llevó mi hija y emocionada le puse yo.

El domingo, después de la graduación, cuando estaba ya lista para sentarme en mi ordenador a escribir la historia de un adorno de pelo que le debía a mi suegra, mi hermana me llamó o me escribió, no recuerdo, para decirme sobre el libro de vida de Amelia y que me lo estaba enviando por mail para que lo leyera. Deje lo que estaba haciendo, porque estaba segura que podía esperar, porque para yo contar siempre tengo tiempo, pero para leer lo que mi sobrina contaba, ya me estaba faltando. Mientras lo leía descubrí, con los ojos aguachapados que a esa pequeña  le gusta la misma peli que a mi, que tampoco lleva cicatrices de guerra y que no se ha roto ningún hueso, igual que yo, su tía. 

Y porqué me emocionan estas cosas tan simples, sencillo: primero, no he podido influenciarla para que vea y le guste "Sixteen candles", nuestra peli favorita, porque he estado "ausente" los últimos once años de su vida, con lo cual, Angie, queda demostrado que lo que se hereda no se hurta, hasta "el mal gusto" por las películas. Lo siento.

Segundo, porque los logros de esta pequeña son también mis logros, porque ésta pequeña no es como una hija, es mi otra hija, la vi nacer, el mismo día que la mía (la vi es un decir, que yo estaba en mis cosas, mientras ella llegaba al mundo), la vi dar sus primeros pasos, la vi entrar al colegio el primer día de clases, estuve cuando enfermó, escuché sus primeras palabras, sus primeras risas, cuidé alguna vez sus fiebres, y hasta llegué a amamantarla, en un intento desesperado de su madre porque se alimentara de leche materna...igual que a Maru, exactamente igual, lo único que a Maru me la pude traer cuando me fuí tan lejos, y a ella tuve que abrazarla y dejarla entre lágrimas. Era mi tercera mochilita, siempre conmigo, me la llevaba a todas partes, porque no concebía salir con mis hijos dejándola a ella, porque ella era tan mía como los míos. Alguna vez alguien me preguntó ¿¿¿Son todos tuyos??? refieriéndose a los tres enanos que daban vueltas alrededor mío, y yo, ni corta ni perezosa contesté "sí, porque a esa nada mas me faltó parirla".

Y el lugar donde convergen ambas historias, ya lo dije al principio, es esa línea fina llamada nostalgia. La nostalgia que evoca un simple adorno para el pelo y que te lleva a creer que a través de él podemos tener a los nuestros más cerca. La nostalgia de ver graduarse a una tan lejos de la otra; la nostalgia que te trae a la memoria aquella mañana de septiembre de hace casi dieciséis años, cuando entrábamos por primera vez al Babeque, llevando de la mano a nuestros pequeños tesoros, que creíamos que como iniciaban ese camino juntas, juntas lo iban a terminar; la nostalgia que da la distancia y tantas ausencias; la nostalgia de unos por querer estar aquí el viernes pasado y la nostalgia de otros por querer estar allí el mes que viene, o el año pasado o el año que viene...esa nostalgia que oprime cada momento especial, cada paso que dan a los que vimos nacer, cada cumpleaños, cada logro o cada fracaso.

Un libro de vida, un adorno para el pelo, dos graduaciones, dos historias, todo tan unido, todo tan separado...

Por lo que pudo ser y ya no fue.