martes, 13 de noviembre de 2012

Folklore de pareja...


En estos días cercanos a nuestro aniversario de bodas siempre me da por darle al icono de recordar, sí, si, ese que tiene uno situado en el cerebro y que tiene forma de espiral que da vueltas en sentido contrario a las manecillas del reloj, pues ese. 

Suelo revivir las últimas 24 horas, la ceremonia o la recepción; en esta ocasión me centré en el primer año de casado, concretamente en una escena llena de folklore de pareja, un episodio que bien podría formar parte de “Escenas de matrimonio”. 

Siempre he dicho que soy la araña de la relación y que si esto ha funcionado durante 15 años es por la paciencia de infinita de Flobre, porque la verdad es que no veía muy claro que llegáramos a los cinco años, ya me parecía una osadía llegar al primer año; pero no porque no lo amara o porque no fuera a luchar porque funcionara, si no porque me conozco, soy una fiera, una araña y mi carácter y mi genio no es de los que se pueden controlar fácilmente, y aunque eso me ha ayudado a estar hoy donde estoy, peleando la batalla, en aquel momento creía que sería un verdadero lastre en nuestro matrimonio. 

Son muchos los momentos difíciles y muchas las discusiones tontas que hemos tenido, pero hay una en particular que me ha sacado las lágrimas de risa al recordarla por lo absurdo de la situación y si hoy puedo contarla es por esa paciencia infinita de la que hablé anteriormente. 

Estaba yo embarazada de María Eugenia y por aquel entonces pasaba una gran parte del día en casa de mis padres, yo no trabajaba y luego que terminaba de arreglar mi casa, cogía mi coche y me iba a pasar la tarde a casa con mi madre. Era hacía el mediodía, lo sé porque mi padre estaba en casa almorzando. No sé bien porque empezó todo, creo que por un viaje que el tenía que hacer al interior y me dijo que lo acompañara, le dije que si podía llevar a mi madre y me dijo que no...gran detonante de este “hermosísimo” episodio de nuestras vidas. Me puse furiosa, se me cruzaron los cuatro apellidos, los dos nombres y las dos península; había sido como si hubiese explotado una bomba de relojería, no sé cuántas cosas solté por esa boca mientras hablaba con él por teléfono. El trataba, con su infinita paciencia, de que yo entrara en razón, pero eso, amigos míos, era totalmente imposible, y mientras el mas me tranquilizaba, mas me enfurecía. 

Le colgué el teléfono de tal forma que si hubiese sido uno de los de ahora, ahí mismo la hubiese palmado el aparatito. Mi madre entró a la habitación cuando terminé de hablar con él, trató de calmarme, y al ver que era inútil me dijo “no, mi hija no, tu tienes que tratar de controlarte, tienes cambiar esa actitud, porque eso no hay quien lo aguante...ese muchacho te va a dejar con to’ y barriga...” y salió dejándome en la habitación sola con mi guerra particular. En eso llegó mi padre a almorzar, y mientras almorzaba mi madre le echo el cuento completico, de cómo estaba yo y de todo lo que le había dicho a “ese muchacho”; pensaban o creo yo que pensaban que no los estaba oyendo, pero sí que lo oía todo desde donde estaba y escuché a mi padre cuando, con una especie de resignación atinó a decir “pobre infeliz...” refiriéndose al energúmeno que estaba acabando con la paz y la tranquilidad de su “pobre hija mayor”. O sea, esto también ayudó a que todo se calmara...pobre de Flobre que se tendría que hacer cargo de esas palabras y de la parcialidad de mis padres, que no se habían puesto precisamente de mi lado. Aaaaaaargh!!! YO y nadie mas que yo era su hija y no el facineroso ese, advenedizo que AHORA me estaba robando el cariño de mis padres. Aaaaay, pobre de él!!! Así le fue al susodicho. 

Pasaron algunos días hasta que todo volviera a la normalidad, porque las cosas no solían o mejor, no suelen olvidárseme tan pronto, además con toooodo lo que me había hecho, como pa’ perdonarlo a la primera, no señor, que se aguante que es lo que le toca. Lo castigue por un buen rato y mi pobre, paciente y amoroso marido aguantó la espera hasta que se me pasara aquel cabreo absurdo. No si cuando digo que es bueno, es que es muy bueno...eso también me cabreaba, cómo se puede ser tan paciente con una cacata como yo.

Hay muchas situaciones parecidas a esta, algunas serias y otras tan absurdas como la que acabo de contar; la mayoría, por no decir todas, provocadas por mí, mi genio y mi falta de “comprensión”. Es bueno poder reírme y poder contarla como una anécdota mas, porque eso quiere decir que la supimos superar una a una, aunque en ese entonces la guerra de Troya fuera una película de Disney comparada con ella. Hoy ya son menos las discusiones y si discuto, lo hago por algo que realmente valga la pena, como que no arregló bien la cama o porque me dejo el estropajo de la cocina lleno de jabón, o porque el frutero de la mesa no está justo en el centro y en la posición que tiene que estar, después de todo para eso esta el racimo de uvas donde está, para saber la posición justa!!! No, en serio, aprendí que discutir por discutir no tiene sentido, que enojarse por tonterías no tiene sentido y que tratar de llevarlo al límite de sus posibilidades no tiene sentido, porque un día igual se cansaba de mi y me mandaba a tomar por saco, después de todo, hasta Jesucristo perdió la paciencia y él no iba a ser menos. 

Los que me conocen, me conocen y saben que doy para esto y para mas y los que les conocen, les conocen y saben que, tratándose de paciencia, amor, paz y comprensión, mi marido se lleva el podio. Gracias por ser como eres, porque de no ser tú, el pronóstico de mi madre se hubiese cumplido y hoy mi DNI pondría “Divorciada” y mi hija estaría dividida entre la loca de su madre y el centrado de su padre... 

Hasta la próxima.

jueves, 8 de noviembre de 2012

15 años...


Aún recuerdo el pánico que me entró aquella noche camino a la iglesia, de repente me surgieron preguntas, dudas, miedos; mi cabeza se lleno de interrogantes, ¿estaría haciendo lo correcto? ¿quería realmente dar ese paso? ¿sería ese el hombre con el que quería levantarme el resto de mi vida? ¿estaba consiente de que esa era la primera cara que vería al despertar cada mañana?. De repente me vi parada frente a un camino infinito, un camino sin construir y que no sabía si quería e iba a construirlo. Pedí a Dios me diera respuesta a todas esas preguntas que me invadían y le rogaba no me dejara llegar al altar si eso no nos iba a hacer feliz.

Estaba sumergida en todas mis dudas cuando de repente cayeron unas gotas del cielo, era la respuesta que había pedido, el cielo me estaba bendiciendo, el cielo nos estaba dando su aprobación. Así me lo hizo saber mi papa cuando con su voz tranquilizadora me rescató de mi pequeño mundo interior.

Hoy han pasado 15 años desde aquel día. 15 años caminando juntos de la mano; 15 años construyendo el camino y planificando nuestro futuro; 15 años reconociéndonos en los ojos del otro; 15 años luchando nuestras batallas; 15 años ajustando las velas para continuar navegando en un mar revuelto; 15 años subiendo uno a uno los peldaños de la vida; 15 años cayendo y volviendo a empezar; 15 años viviendo cada día como el primero de nuestras vidas... 

Hemos aprendido a apoyarnos cuando las cosas no caminan; hemos aprendido que es mejor mirarnos a los ojos y abrazarnos, a pelearnos y enredarnos en discusiones estúpidas que llevan a ningún lado; aprendimos a ser feliz en lo mucho y en lo poco, a disfrutar de los pequeños detalles y a amarnos y respetarnos por encima de cualquier situación. 

Hemos andado durante 15 años y el camino no siempre ha sido recto, ni fácil, ni sencillo; nos hemos encontrado con grandes obstáculos y muchas veces los peldaños de nuestra escalera han resultado demasiado altos para subirlos de un solo paso; nos hemos secado muchas lágrimas uno al otro y hemos caído muchas veces tratando de librar las piedras del camino, pero nos hemos levantado y hemos continuado caminando, tomados fuerte de la mano, como aquella noche cuando salimos de la iglesia. 

Estos son los primeros 15 años de muchos que nos quedan por delante, los primeros 15 años de amor y complicidad, 15 años que junto a nuestros hijos hemos vivido y disfrutado a pesar de que la vida no siempre ha sido sencilla.

Felicidades!!! 15 años y contando...

domingo, 9 de septiembre de 2012

Santi...


Ya dije alguna vez que no me gustan las despedidas y que, paradójicamente, mi vida estaba llena de despedidas y “adiós”; ahora voy agregar que tampoco me gustan los cambios repentinos ni las sorpresas “desagradables”, de hecho Flobre dice que algún punto de autismo o Asperger debo tener, porque los cambios me dan vértigo, descolocan mi mundo, me irritan y me ponen de mal humor. 

Eso fue lo que sentí una mañana de verano, cuando Santi me comunicó la decisión de nuestro Arzobispo de Asturias. No daba crédito a lo que escuchaba y, durante toda la tarde y gran parte de la semana, sólo podía pensar: una despedida más, otro cambio, otro adiós y el mal humor haciéndose presente y “mi mundo perfecto y organizado” tambaleándose. 

Nuestro Santi tiene catorce años en San Martín de Riaño y yo sólo tengo cinco en la parroquia. Cuando llegamos no conocíamos a nadie, sin embargo nunca me sentí extraña dentro de sus paredes. Han sido años muy difíciles en España, porque no es mi lugar, porque no están “los míos”, porque creo que nunca terminará de ser “mi sitio”. Pero llegar a la iglesia es llegar a casa, y sentarme con Santi a hablar es como beber un vaso de agua fresca en medio del desierto. Santi ha sido un guía, un amigo, la mano que te rescata de las arenas movedizas. Le voy a extrañar lo que no me imagino y mis hijos aún tienen la esperanza de que lo inminente no suceda, y es que Santi, nuestro Santi, fue un niño mas entre los niños y uno más entre nosotros. Siempre cercano, siempre cariñoso. 

Hoy me doy cuenta que no es un adiós, que siempre será un “hasta luego”, no voy a mentirme, ni mentirle a nadie, siento infinita tristeza por su marcha y un profundo miedo a esta etapa que iniciamos todos. Soy humana y como humana me resisto a los cambios. Pero quiero pensar que todos estaremos bien en este camino: Santi conocerá nuevos feligreses que necesitarán de él para cambiar algunos aspectos y nosotros conoceremos un nuevo párroco de quien aprenderemos y creceremos, también el Padre Luis algo aprenderá de nosotros. 

No voy a decir “adiós” porque estoy cansada de las despedidas absurdas de mi vida, hoy quiero decir “hasta luego, hasta siempre querido Santi”. Esta será siempre tu casa, tu parroquia, tus feligreses. Siempre estaremos aquí e iremos allí buscando al amigo, las risa y el cariño. 

Mi abuela me enseñó que “Dios escribe derecho en renglones torcidos” y yo no soy quien para cuestionar la voluntad del Señor, que es quien nos conduce en esta vida, sólo puedo aceptarla como buena cristiana y continuar en el camino con una sonrisa y con la mejor actitud. 

Gracias Santi, por ser el oído que tantos problemas escuchó, los labios que tantos consejos nos dio y la mano que tanto nos ayudó...

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Santomé 402, altos...


Esta era la dirección de casa de mi abuela, el lugar donde pase gran parte de mi niñez; allí fue el segundo lugar donde fui después de mi salida del hospital y allí fue donde viví mi infancia, junto a la abuela, la tía, el tío y su esposa. 

Estaba situada en la parte de atrás del “mercado” y el ir y venir de los camiones, comerciantes y obreros haitianos la hacía un lugar emocionante. Se podía sentir el olor a la cebolla desde que bajábamos del carro.

Ya desde afuera se veía que era grande, con mucha iluminación y bonita; era una casa antigua y, aún hoy, con todos los años que han pasado desde que marchamos, se puede ver el esplendor que tuvo algún día. 

Había que subir una escalera para llegar hasta ella y dentro era hermosa, de paredes altas y mosaicos de decorados de flores, de esos que ya no se hacen. La tía Lourdes la tenía decorada con un gusto exquisito, como de revista, y sus muebles hacían juego con la cantidad de años que guardaba en sus muros: grandes, de caoba centenaria y estratégicamente ubicados dentro de ella. 

Entre sus paredes viví momentos mágicos y que siempre estarán en mi memoria, ahí aprendí a caminar, ahí dije mis primeras palabras, ahí pasé las mejores Navidades en compañía de mis padres, hermanos, abuelos, primos y tíos. Recuerdo sentarme en las piernas de mi abuela, mientras hacían gnoquis de harina en la mesa, con mis pequeños deditos la ayudaba a "estrangular" los pedacitos de harina amasada.

Las habitaciones estaban colocadas en línea, una al lado de la otra y el baño estaba en el medio de todas ellas y en medio de toda la casa; en cada habitación habían tres puertas, dos comunicaban con la habitación de al lado y la otra al comedor, la terraza o la galería, la de abuela tenía una puerta que daba hacía un pequeño balcón al que raramente nos dejaban salir. 

Me encantaba esa casa, es cierto que no tenía grandes jardines, ni un gran patio, pero tenía una galería que bien puede ser la habitación principal de las de un piso cualquiera, en la que sin hacer mucho empeño puedo ver a mi abuelo sentado balanceándose en la mecedora blanca de metal. Era muy pequeña cuando murió, pero créanme, aún recuerdo sus ojos azules, su voz ronca y su reloj en el que trataba de enseñarme a ver la hora. 

Uno de los lugares que mas me llamaban la atención era la azotea, a la que no nos dejaban subir, porque “es peligroso”, nadie se imaginara nunca el placer que me daba “violar” la seguridad de los grandes cactos y subir sus escaleras para jugar en ella; parecía un pequeño patio español, adoquinada con mosaicos rojos y llena de plantas de rosas y claveles de todos los colores que colgaban hasta de las paredes. Era una pasada llegar allí, porque era como un oasis en medio del desierto. Ahí me celebraron mi primer añito y ahí di mi primer pasito en la vida. 

El patio era un poco mas de lo mismo, también estaba lleno de plantas que mi abuela cuidaba con la misma dedicación y empeño que las de la azotea, era otro “patio español”, pero al que podíamos llegar, casi sin que mi abuela nos echara en falta. En él nos bañaba con la manguera o en la batea y a veces nos metía, cual piscina, en un pequeño tanque en el que almacenaban agua para una emergencia, cuando no improvisaba una pequeña ducha con el colador de spaghetties y el chorro de la manguera cayendo a través de él. Eso sí, sin quitarnos el ojo de encima, que para eso se bastaba solita.

La cocina era grande y, para mi, muy antigua y me encantaba, al igual que el comedor de la terraza porque era amplio y lleno de muebles enormes que me parecían hermosos. En las habitaciones habían grandes cortinas detrás de la cama que iban de pared a pared y que detrás escondía armarios fabricados por mi abuelo y mis tíos, que siempre me llenaron de curiosidad y que realmente no sé muy bien lo que había dentro de ellos. 

Si bien estar dentro era una pasada, salir de la mano de abuela y cruzar al mercado a comprar los víveres, vegetales, carnes y pescados y ver como los que atendían los puestos le saludaban y me saludaban, o bien, bajar hasta el colmado de Blanco, lleno de sacos de habichuelas rojas, blancas, pintas y negra, arroz de todo tipo, cebolla y no sé cuántas cosas mas, todavía la hacían mas emocionante. 

Hoy esa vieja casa sigue ahí, en la Santomé 402 altos, allí almacené mi vida cuando tuve que empacarla y allí continúa guardada. Cada vez que regreso voy hasta ella a “darle una vuelta a mis cosas” y desde que veo sus escaleras vuelvo a ser aquella niña que vivió allí. Está vacía, pero cuando entro, coloco todos sus muebles y sus adornos justo donde los recuerdo, y creo ver a mi abuela dentro de ella y al tío Toño sentado en la mesa bebiendo la sopa. Por un momento vuelve a ser "la casa de abuela", esa que recuerdo y con la que me quedaré siempre y yo vuelvo a ser esa pequeña que apenas empezaba a vivir.

Hasta otra nostalgia...

viernes, 24 de agosto de 2012

El tiempo...


Hace poco vi una película de esas que se ven cuando no hay nada mas que ver. Iba del tiempo que dejamos pasar, porque pensamos que aún tenemos mucho tiempo; del tiempo que desperdiciamos en “vivir” dejando a un lado el “disfrutar vivir”; de todo lo que dejamos de decir, de hacer porque “mañana tendremos tiempo”. 

Y si el mañana no llega, y si de repente se nos acabara todo el tiempo que nos queda por delante. Adonde se quedan las cosas que no hicimos, las cosas que no dijimos. Quién las disfrutara y las vivirá por nosotros. 

Pensamos que somos jóvenes para morir, pero el morir no entiende ni de edad, ni de calendario, ni de día, llega y ya está. Por eso, lo que podamos hacer, decir, vivir y disfrutar hoy, no lo dejemos para mañana, porque mañana igual ya no tendremos tiempo. 

Todo esto puede sonar a cliché, pero detengamonos solo un segundo y analicemos todo lo que dejamos de vivir, porque tenemos tiempo para hacerlo. 

Es como esa vajilla para “ocasiones especiales” o el vestido o el perfume; cuándo llega esa ocasión especial, una vez al año, dos veces, a veces nunca la encontramos y la vajilla, el vestido y el perfume envejecen esperando “la ocasión”.

La ocasión especial es hoy, la ocasión especial es ahora, la ocasión especial es que estas vivo, la ocasión especial es que aún respiras, la ocasión especial es que, un día mas, lograste abrir los ojos y ver y vivir un nuevo día. 

Atrévete a ver cada día como si fuera el primero y a vivirlo como si fuera el último, así cuando se nos acabe el mañana, no habremos desperdiciado todos nuestros “hoy” 

El mañana es esperanza, es creer, es soñar; Mañana es una bonita palabra para tener fe. Pero la vida no va de mañanas, ni de futuros, la vida va de presente, de hoy. No dejes de abrazar, de decir te amo, de sonreír, de bailar, de soñar, de disfrutar y de cantar. Sé feliz cada momento y haz de cada momento un momento especial. 

Hasta otra noche sin dormir...

sábado, 11 de agosto de 2012

Un año mas...


Hoy la foto va a color, porque de eso se trata de pintar de colores cada momento, cada día, cada segundo; de llenar de colores los años y de dar color a la vida. 

Hoy tengo la dicha de celebrar un cumpleaños mas y ya suman 43, con todos sus días y todas sus noches; 43 años de lágrimas y risas, 43 años en los que recuerdo mas momentos felices que momentos tristes, aunque los pocos tristes sean muy tristes; 43 años arropada por mis amigos y mi familia; 43 años pisando fuerte, cantando alto y sonriendo libre, como dice Roberto Carlos en su canción.

Hoy me toca celebrar, aunque no quiera; hoy me toca olvidar los problemas aunque no pueda; hoy me toca disfrutar aunque este lejos; hoy me toca festejar, aunque alrededor de mi tarta falte gente a quien abrazar y con quien compartir; hoy me toca olvidar la dieta, aunque mañana me arrepienta. 

Hoy me toca celebrar la vida y el amor; hoy me toca celebrar que tengo un esposo y unos hijos únicos, una familia maravillosa y unos amigos excepcionales; hoy me toca vivir este día a tope, sin miedos, con una sonrisa y con la certeza de que mañana será otro día  para vivirlo y disfrutarlo con las misma intensidad que el de hoy.

"...A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida, a partir de mañana empezaré a morir la mitad de mi muerte..." canta Alberto Cortés en una de sus canciones, yo digo, a partir de mañana tengo 365 días por delante llenos de nuevas oportunidades que voy a tratar de aprovechar al máximo. Mañana es el primer día del resto de mi vida!!! 

Gracias por recordarme y por tomarse un minuto para enviar un mensaje lleno de cariño, buenos deseos y bendiciones, los he recibido de la misma manera que me lo han enviado, con algunos he reído, con otros he llorado y con todos me he sentido infinitamente bien, querida y recordada. Gracias por estar ahí a todos y cada uno de ustedes.

Hasta mañana, cuando nuevamente salga el sol...

miércoles, 1 de agosto de 2012

Recuerdos de la niñez...


Hace unos días, me dio por viajar en el tiempo, y volví a hasta ese lugar donde los sueños se cumplen,   donde jugar y divertirse es lo único importante; donde cruzar la gran avenida para llegar al supermecado y comprar "Frugus" supone una gran aventura; ese lugar donde habitan las princesas, los dragones y los superhéroes.

Viajé y aterricé en mis doce años y llegue a nuestra casa de la Lincoln, 402. Aún recuerdo cuando la vi por primera vez grande, rodeada de arboles enormes que le imprimían un aire de misterio y la hacía parecer a las que salen en las películas de terror. Supongo que esto era por los años que había estado sin habitar, algo que fue cambiando poco a poco hasta hacerla "nuestro hogar"; sin embargo, nosotros si que queríamos seguir creyendo que era una casa fantasma que encerraba historias fantásticas entre sus paredes.

La casona, grande y obscura, estaba rodeada por una galería amplia de mosaicos rojos, desde ella se podía entrar por dos puertas: la  principal y la que daba al comedor de diario/salón de estar/media cocina, donde estuvimos a punto de matarnos mi primo y yo por culpa de una de nuestras tantas discusiones, las que solemos mantener aún de vez en cuando, a través de la red. La puerta principal era grande y pesada, como las de esas pelís de misterio que les hablé, la abrían pocas veces, pero cuando lo hacían se podía ver la casa en todo su esplendor y al fondo las escaleras que daban al segundo piso. Nuestra casa grande estaba compuesta por amplios espacios, paredes altas y suelos que parecían un tablero de ajedrez. Sus paredes estaban llenas de puertas que escondían armarios empotrados en los que nos tejíamos mil y una historias y dentro de los cuales tratamos de encontrar, sin éxito, pasadizos secretos que nos llevarían a ocultos pasillos llenos de historias tenebrosas; nunca encontramos los pasillos detrás de sus puertas, tampoco llegamos a "Narnia" a través de ellos. Eso sí, estaban llenos de "cosas" de la tía Lourdes, que nos llenaban de curiosidad y a la que no teníamos acceso.

Había una tercera puerta que daba de la cocina al patio, lugar que cuando llegamos, estaba lleno de piedras grandes y, según recuerdo, de moscas deambulando por ellas; eso no duró mucho tiempo así, pronto lo cementaron, construyendo una terracita en la que me encantaba sentarme las mañanas de verano, junto a mi abuela y al rico olor a café recién colado que nos llegaba de la cocina. En total eran tres puertas, por las que entrabamos y salíamos indistintamente en nuestras infinitas tardes de juegos y aventuras.

En la segunda planta estaban las habitaciones para dormir, igual de grandes, igual de amplias y,como en la parte de abajo, puertas y armarios en las paredes que tampoco nos llevaron a "Narnia", pero dentro de los cuales nos escondíamos y jugamos mas de una vez.

Si la casa era alucinante, el patio y el jardín no iban a ser menos; estaba lleno de árboles de todos los colores y de frutos tan exóticos y tropicales como guanábanas, mango, cereza, limones y naranja agria. El jardín era uno de mis lugares preferidos, tenía un árbol en el centro donde habitaban cientos de pajaritos, que nos despertaban cada mañana con su alegre trinar; debajo del árbol colocaron un juego de sillas de hierro pintadas de blanco, que invitaban a tomar el té a las cinco de la tarde, cual ciudadanos ingleses. En el jardín también habitaba el árbol de la flor de alhelí , que a parte de que estaba siempre lleno de estas flores sencillas, pero hermosas y de aroma delicado, cada cierto tiempo se llenaba de unos gusanos negros con unos anillos de color amarillo eléctrico, no sé si eran gusanos de seda, pero nosotros queríamos pensar que sí. Cerca del jardín estaba el flamboyán, otro árbol que me daba alegría todo el año, primero por sus flores naranjas casi rojas y amarillas casi naranja y luego por sus grande vainas llenas de semillas que cuando las agitaba el viento sonaban como si estuviese cayendo un tórrido aguacero; mas cerca de la galería estaba aquel extraño arbusto que al caer la noche desprendía un agradable y suave perfume. Estos cuatro árboles están tan vivos en mi memoria, que a veces, siento que los puedo tocar, y de haber podido, me los habría llevado conmigo a cualquier lugar. Este hermoso jardín rodeado por un camino empedrado lo completaban las flores y plantas que mi abuela cuidaba con cariño, dedicación y esmero. Constituía un enorme placer sentarse en la galería sólo a contemplar el ir y venir del tiempo, observar a los pájaritos como revoloteaban de un lugar a otro y comos se bañaban en el pequeño charco que se formaba a la entrada por el portón principal.

Todo este terreno estaba rodeado por muros y mayas que separaban "la selva de cemento" de este pequeño oasis en medio de coches y ruido de bocinas. Sus puertas nos hacían entrar a un mundo maravilloso, sin peligros, llenos de grandes aventuras y momentos. Ahí dentro aprendí a montar patines y bicicleta, aprendimos a jugar fútbol y baseball....o algo parecido; ahí mis primos me enseñaron a deslizarme para "robar una base", aprendí para que servían "la 1ra. 2da. y 3ra." y lo que había que hacer para llegar a "home" y "anotar una carrera". Estaba lleno de animales, hasta entonces, extraños para nosotros. Aquí supimos lo que pude llegar a doler cuando te pican mas de una avispa al mismo tiempo, conocimos que los ratones no siempre son de tamaño normal y que los lagartos llegan a ser tan grandes que parecen iguanas. Vimos arañas de todos los tamaños, desde pequeñitas hasta las extra grandes con anillos naranjas y pelos en su cuerpo y gusanos que parecían la porra de los policías. Conocimos una familia de serpiente que se paseaba por el garaje, pájaritos de todo tipo y hasta llegaron hasta sus altos arboles unos papagayos y aves exóticas que se habían escapado de un lugar cercano, habrían pensado, como nosotros, que aquel lugar era el paraíso.

Pero un día todo cambio, nuestro parque de juegos privado lo vendieron, nosotros tuvimos que mudarnos y la risa de los niños, que poco a poco se había convertido en adolescente, se marcharon de aquel lugar. Allí quedaron momentos tristes y alegres, infinidad de lagrimas y risas, tardes enteras de juegos, de bicicletas, de baseball y de fútbol, Navidades y fiestas alucinantes. Ahí deje el sueño de bajar vestida de novia por las escaleras, mientras mi papa esperaba abajo y el sueño de celebrar los cumpleaños de cada uno de mis hijos. Ahí quedó el deseo de ver a mis niños jugar, correr y saltar entre todos aquellos arboles, tejiendose, junto a sus primos e igual que nosotros, una y mil historias que llenarían su infancia de grandes aventuras y momentos inolvidables.

Ya no está allí, en su lugar hay un horrible centro comercial, pero cuando paso por ahí, siento que me sonríe y me dice: hey!!! aquí estoy, en tus recuerdos y en todos esos momentos maravillosos que viviste, y, como me pasa con Villa Duarte, es el lugar adonde corro cuando viajo a mi niñez y el lugar que me duele que mis hijos nunca conozcan.

Lincoln 402, un lugar lleno de magia e historias de terror...